Devoluciones

mariposa-large-pink-wings-by-icarus-wings«Podría dar un resumen exhaustivo de quien soy yo, pero no serían más que simples datos objetivos sobre mi, que no ayudarían a comprender el motivo por el cual decidí abrir este lugar (el blog Las alas de Naby). Trataré de ser breve:

Soy adoptada y lo fui siendo ya mayor. Me gustaría compartir mi historia ahora que soy fuerte para hacerlo, ahora que después de muchos años he podido asumir muchas cosas, ahora que al fin he abierto los ojos y me siento libre para hablar abiertamente de ello. Pero también lo hago porque me hubiera gustado encontrar estas palabras cuando me hicieron falta, cuando me veía sola y no quería aceptar la realidad, mi realidad. Del mismo modo, quisiera llegar a padres adoptivos, especialmente a aquellos valientes que se han atrevido a adoptar un niño algo mayorcito, que puedan leer lo que hay al otro lado, porque muchas webs y blog hablan de los trámites y de todo lo que pasan los padres para llevar a cabo el proceso, y detrás hay mucho más.» Mulyo Nabi

Publicamos, con autorización de la autora, una de sus últimas entradas: «Devoluciones», compartiendo su idea de poder hacer reflexionar a los padres sobre las vivencias del «otro lado». Gracias Mulyo.

A veces sentí ser mercancía, a veces sentí que realmente lo era. Un objeto, poco más que un producto a la venta, artículo de quita y pon, o un pañuelo de usar y tirar… Y es que tras ser abandonada, maltratada, vejada, humillada, tras ver que quien más debería velar por mí no solo no lo hizo, sino que fue quien más me dañó y perjudicó, acabé encerrada, sintiendo la culpa de algo de lo que yo no tenia responsabilidad alguna.

Pasó el tiempo, demasiado para un niño que crece en un centro falto de cariño, y durante un tiempo pasamos a una familia de acogida temporal. A mi nadie me explicó nada, ni quienes eran, ni porque íbamos con ellos, ni cuanto tiempo estaríamos allí. Aquella situación me producía una mezcla de ansiedad por lo desconocido, y una extraña alegría por salir del infierno, pero fue algo fugaz, un hogar en el que no duramos más de una mes. Aún eramos pequeños, al menos mi hermano y yo, pero nos mandaron rápido de vuelta, porque eramos “unos niños malos”. ¿Si aquello me dolió? Sinceramente, no lo recuerdo, era bastante pequeña, y aquello esta borroso en mi mente, supongo que lo borre, para no recordar como me sentí entonces.

Entonces volví al infierno del que había salido, y me endurecí, no me quedó otro remedio. Siguió pasando el tiempo, seguí creciendo allí, aprendiendo la ley de la jungla, la del más fuerte, sobreviviendo como podía, soñando con que algún día saldría de aquel maldito lugar.

Entonces llegó. Llegó el día con el que soñaba, el día que me daba la posibilidad de escapar de aquello. Si no recuerdo mal las fechas, entonces yo tenía 7 años, y era primavera. Recuerdo que ya hacía buen tiempo y que aún estaba en curso escolar. Nos llevaron con la asistente para decirnos que en unos días iríamos a vivir con un matrimonio. Nadie nos dijo entonces, ni aún lo se, si aquello también era una acogida temporal o si tenían intención de adoptarnos, simplemente nos llevaron a los tres con ellos. Llegamos a su casa, la que entonces empece a considerar mi casa. Lo tenían todo preparado para nosotros, y yo alucinaba. Que tan inadaptada estaría yo, que con 7 años no sabia lo que era un frigorífico, y tantas cosas que yo miraba como si fueran obra mágica. Tampoco sabía lo que era un semáforo, o un paso de peatones, vivíamos aislados del mundo real, y aquello era un tanto abrumador para mí.

Los primeros días prácticamente no hablaba con nadie, ni siquiera con mis hermanos, me limitaba a observar el nuevo mundo que se había abierto ante mis ojos. Perpleja, pude por primera vez experimentar lo que era tener algo propio, una muñeca que entonces me regalaron. Se que puede parecer algo superficial y materialista, pero para mí, que nunca había tenido absolutamente nada que pudiera decir mío, fue un mundo. Algo solo mío.

Pude ir al colegio como cualquier otra niña, acompañada por unos “padres”, tutores o algo así, y no en el autobús de un internado, pudiendo ver de forma más normalizada el colegio, que hasta entonces era un sitio donde estábamos literalmente señalados, porque todo el colegio sabia que veníamos de un centro interno y eso solo lleva al cuchicheo y cotilleo. Finalizamos allí aquel año escolar, normal. Aún recuerdo con cariño aquel centro cuando oigo las Spices Girls, que sonaba por aquellos años, y parece que fue ayer.

Al acabar el curso, celebramos mi primera San Juanada. En realidad no pudimos celebrar gran cosa, porque el fuego me daba pánico y al ver una gran fogata no pude hacer más que empezar a llorar de miedo. Nos llevaron a casa a descansar para el primer verano feliz que recuerdo.

Allí me hicieron los pendientes que entonces no tenía, y supe lo que era una peluquería, pero llevaba unos pelos, que había que arreglar, y con urgencia, y no cortarlos corriendo por alguien que no sabe hacerlo. Pude llevar vestidos y ropa que me gustara, y las famosas Lelly Kellys. Pude ser una niña normal, con una familia normal, al menos durante un tiempo.

A finales de veranos volvimos al infierno. No se porque, no se que fue lo que ocurrió, nunca nadie me explico nada, pero nos llevaron de vuelta al centro del que veníamos, y no volvimos a saber nada de ellos. Entonces sentí uno de los mayores dolores que he podido sentir, porque separarme de mi madre cuando fuimos allí fue duro, pero a fin de cuentas veníamos de un infierno peor, pero volver a aquel lugar, que ya conocía, y que sabía lo que me esperaba, tras conocer la felicidad, o al menos algo bastante parecido, era demasiado duro para aceptarlo sin más.

Durante mucho tiempo lloré, pataleé, y deseé que fuera una pesadilla. Me negaba a comer, a hablar con nadie, a afrontar la realidad, y me sentaba en la ventana, esperando ver su Seat Panda blanco aparecer a buscarnos de nuevo. Pero nunca apareció. No podía entender nada. ¿Que había hecho para que me abandonaran una vez más? Me sentí un trapo usado, al que nadie quería entonces, y al que nadie podría querer. Mi autoestima quedo destrozada, tan hundida que empece a lesionarme, a modo de castigo, porque me sentía culpable de aquella devolución, culpable de haber echado a perder la única posibilidad que tenía de salir de aquel abismo y poder ser feliz. Tardé mucho tiempo en poder normalizar mi estado, ordenar las ideas en mi cabeza, dejar lo sucedido a un lado apartado, para poder seguir sobreviviendo, como buenamente podía hacerlo.

Aquello ahí se quedo, en un rinconcito de mi mente, oculto, guardado solamente para mí, como un dulce recuerdo de lo que pudo ser, y no fue, con la duda de que fue lo que pasó para que todo acábese truncado, sin una explicación, sin un motivo que justificara tanto dolor.

Mulyo Nabi
Blog Las alas de Nabi
https://lasalasdenabi.wordpress.com

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