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	<title>Adoptantis</title>
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	<description>El Blog de la Adopción</description>
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		<title>Adopción y embriones</title>
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		<pubDate>Tue, 14 May 2013 09:04:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
				<category><![CDATA[Adopción en el mundo]]></category>
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		<description><![CDATA[La autora advierte que “durante los últimos diez años las consultas propuestas por familias adoptantes introdujeron una variable propia de la época, en la que las nuevas técnicas productivas implantaron su eficacia. La modalidad consiste en inscribirse pensando adoptar una criatura y al mismo tiempo iniciar tratamientos para resolver problemas de fertilidad”. Durante los últimos [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La autora advierte que “durante los últimos diez años las consultas propuestas por familias adoptantes introdujeron una variable propia de la época, en la que las nuevas técnicas productivas implantaron su eficacia. La modalidad consiste en inscribirse pensando adoptar una criatura y al mismo tiempo iniciar tratamientos para resolver problemas de fertilidad”.</strong></p>
<p>Durante los últimos diez años las consultas propuestas por familias adoptantes introdujeron una variable propia de la época, en la que las nuevas técnicas productivas implantaron su eficacia.<span id="more-3478"></span></p>
<p>La modalidad, que consiste en inscribirse pensando adoptar una criatura y al mismo tiempo iniciar tratamientos para resolver problemas de fertilidad, condujo a posicionar al adoptivo como un niño o niña “por las dudas”. Es decir, aquel o aquella que podría ser recibido como hijo si las técnicas de fertilización fracasaban; niño que se encontraría en posición de suplencia en relación con un hijo engendrado. Queda momentáneamente instalado en la espera imaginaria como efecto del compromiso pulsional de los adultos, que buscan una consanguinidad obtenida mediante la terceridad que el laboratorio/empresa incorpora. Cuando la familia se compagina mediante un hijo adoptivo (habiendo existido o existiendo la alternativa de la fertilización asistida), sería posible preguntarse si esa variable en el origen (“Quiero tener un hijo de mi sangre, pero si no lo logro, por las dudas, porque un hijo quiero tenerlo –frase reiteradamente textual– incluyo la opción de un adoptivo”) afectará el intercambio simbólico posterior entre esos padres y la criatura. No resultaría posible anticiparlo, sólo observar el comportamiento de los padres durante el tiempo de las consultas y escuchar a los niños y a las niñas adoptados: cualquiera de ellos puede decir –como sucedió– “Si te hubiera salido bien la fertilización, yo no estaría aquí ahora&#8230;”. Comentario que en otro nivel reproduce la frase escuchada por su madre durante años: “Si vos te hubieras casado con otro hombre, yo no hubiera nacido. Porque el que tiene el problema es papá&#8230;”. Son las particulares instancias de subjetividad que desarrollan los hijos adoptivos insertos en las tramas de los comentarios familiares que escucharon y que jaquean la narrativas clásicas referidas a “la identidad del adoptivo”.</p>
<p>Los hechos que se presentan actualmente tienen una nueva característica: la pareja que, ante la cercanía de una guarda por adopción consultan: “Tenemos dos embriones congelados que no usamos, están guardados, preferimos esperar porque nos prometían un bebe en adopción. Es casi seguro, entonces&#8230; esos embriones&#8230; Porque cuando llegue el hijo adoptivo no los vamos a usar&#8230; pero, tenerlos guardados&#8230; es un problema&#8230;”.</p>
<p>Este dato no es el que estos adoptantes quieren aportarle al juez. En estas historias la complejidad se potencia porque las primeras implantaciones de los embriones iniciales fracasaron y los dos remanentes generan un suspenso en cuanto el probable éxito de una práctica futura. Cómo serán mencionados, imaginados, pensados, esos embriones por parte de quienes aportaron sus gametas no es problema para la ciencia, que solo asume la “generalización posible” de sus descubrimientos e invenciones. Cuerpo, goce, deseo y palabra anudados en los dueños de esas gametas no repercuten para estas ciencias en la evaluación de sus prácticas.</p>
<p>La nostalgia por el hijo engendrado tiene particular intensidad en quien ha padecido la doble frustración, específicamente en la mujer, cuyo cuerpo se compromete totalmente cuando recurre a la fertilización asistida; cuando el varón afirma “quiero tener un hijo” está diciendo “quiero ser padre” y posiciona a ese hijo en el lugar de un deseo inscripto en un bien del que se quiere gozar. De allí la distancia entre la necesidad de hijo y deseo del hijo acerca de lo que tanto he escrito (La Adopción, Las éticas y la Adopción, Adopción Siglo XXI). Necesidad que le permite imaginar que alcanza con recurrir a la ciencia para dominar la genética: ese hijo derivado de la fertilización asistida será parecido a él. No obstante esa ilusión que el imaginario fogonea, el enigma del inconsciente sobrevuela hábilmente las contingencias y acontecimientos de todos los hijos, inclusive de los agámicos, un triunfo de las ciencias.</p>
<h3>Los hijos agámicos</h3>
<p>Los hijos agámicos, tal como los nombré inicialmente en el libro Los hijos de la fertilización asistida que escribimos con Gloria Barros y Carlos Pachuk, son “un producto que contiene los ADN de un ser humano que no fue engendrado según el convenio coital que se establece entre dos sujetos heterosexuales. Dicho convenio garantiza la consanguinidad y de allí la genealogía como instancia trascendente a las organizaciones familiares”.</p>
<p>“Mediante la unión impersonal de las gametas, fragmentos de los sujetos, se propone otro diseño para la fecundación entre humanos. Las gametas son diferentes sexualmente, entonces la imbricación lograda en laboratorio les permite generar una sustancia humana sin intervención del coito. Las gametas se fusionaron manteniendo sus diferencias y relacionando su ‘oposición’ femenino-masculino. Pero en esa escena gestante está ausente la diferencia entre el hombre y la mujer en tanto sujetos y por ende las diferencias entre sus deseos: esa escena la protagonizan dos gametas en laboratorio y no dos sujetos. O sea, esa concepción carece de diferencia sexual entre sujetos (en tanto sujetos de deseo), condición que caracteriza lo agámico. Agámico es una expresión que proviene del griego gam (gamos), casamiento, acompañado por el prefijo a (sin); de allí una segunda acepción como soltero, que implica suelto, sin ataduras.” (Del libro Los hijos de la fertilización asistida.)</p>
<p>Estas parejas inician su búsqueda de un hijo deseado según dos alternativas (no me refiero a quienes hoy se postulan para la subrogación de vientres), 1) un niño ilusionado (no nacido, embrión), 2) el adoptivo, nacido desde otra genética ajena a la pareja y desconocido hasta ese momento. ¿Cuál será el compromiso psíquico en relación con la libido disponible, cuando la pareja se encuentra con dos embriones resguardados, en espera y por otra parte un bebé, nacido y también en espera de ser adoptado? Cercano, pero también ajeno al coito gestacional. El adoptivo no portará “la misma sangre”, o sea la trascendencia asociable con la herencia le será ajena. Los embriones tampoco cuentan con el coito fecundante, pero han garantizado la herencia genética. Cualquiera sea la evolución del pensamiento, el coito fecundante, inexistente, administra la filiación.</p>
<h3>Desprenderse de los embriones</h3>
<p>Si deciden “desprenderse” de los embriones, para cuya obtención debieron invertir una importante suma, habilitarán un duelo con características paradójicas que describen afirmando: “Por una parte nos da lástima, en realidad nos duele deshacernos de los embriones porque son casi hijos&#8230;”. El contraargumento: “Pero también mantenerlos durante años mientras nuestro hijo adoptivo crezca&#8230; ¿Y si nos pregunta si podrá tener hermanitos?”.</p>
<p>El desplazamiento del discurso colocando la duda en labios del adoptivo que aún no está con ellos –paradigma de defensa ante un dolor intenso y al mismo tiempo incomprensible– coloca en boca del adoptivo posible la “inquietante extrañeza” que apenas enmascara el perfil de lo siniestro.</p>
<p>Estamos ante familias en las cuales los valores, tendientes a elegir “lo mejor” o “el bien”, se superponen en impulsos y reflexiones en busca de acertar racionalmente tropezando con sus criterios individuales cuando deben decidir “en nombre” de terceros existentes y no visibles. Para quienes construyeron los embriones, su existencia es compleja: a veces dudan de si los embriones son personas o tal vez no. La mujer difícilmente se apea de su vivencia: “Son bebés o hijos”. No sabemos si por convicción religiosa, filosófica o ética personal, pero el calibre de esa afirmación resulta de estar comparándolos con el adoptivo posible: él sí es una persona en camino de sentarse a la mesa con ellos. El malestar oscila ante “esos embriones, que en realidad&#8230; no son personas y de los que nos desprendemos para no arrastrar esa carga cuando llegue el adoptivo” y por otro lado una criatura que llegará de la mano de un juez. Pero en el origen de ese adoptivo también hubo un embrión que siguió su camino albergado por un vientre que quizá no habría deseado cobijarlo.</p>
<h3>Los valores congelados</h3>
<p>El hecho se repite y si los embriones se mantienen después de la adopción de un hijo, nos colocan frente a la construcción de familias ajenas no solamente a cualquier evaluación tradicional, como sucedía ya en décadas anteriores cuando la fertilización asistida había comenzado, sino que en este modelo encontramos hijos adoptivos que conviven en el espacio y en el tiempo, aunque no en presencia, con embriones congelados que son consanguíneos entre ellos</p>
<p>En estas nuevas familias, la tormenta de valores previa a la decisión promueve un refinamiento moral en sus protagonistas, seres racionales para quienes el interés propio está en cortocircuito tensionado también por el interés económico propio del individualismo actual, que soporta la idea de costos-beneficios. No me refiero al dinero sino a la mecánica que se pone en juego y que se instituye como encrucijada ya que, desde un pensamiento técnico, como lo plantearía Dusell, “las ciencias humanas o sociales críticas coexisten con las hegemónicas y pueden refutarlas con explicaciones nuevas desde paradigmas que pueden posteriormente volverse funcionales”. Las hegemónicas que sostienen el derecho de llevar a cabo todo aquello que la ciencia y la tecnología permiten, y las ciencias críticas advirtiendo acerca de esta superposición de filiaciones en suspenso que reclaman la aceptación de lo engendrado en laboratorio, su manutención y en paralelo la inclusión de un hijo adoptivo. Finalmente las posiciones críticas coexisten con las decisiones parentales de inscribirse en los registros de adopción para contar con una criatura “por las dudas” mientras esperan el éxito de la fecundación artificial. Porque de ese modo se están procesando las necesidades y los deseos de quienes asumen el denominado derecho al hijo. Lo que se conoce como “criterio de hecho”.</p>
<h3>Adoptivos y embriones</h3>
<p>Uno de los interrogantes posibles nos traslada a la posición de la criatura ya adoptada: ¿cuál sería su vinculación con esos embriones? Parece una pregunta tonta. No habría vinculación, si asociamos vinculación como una relación intersubjetiva. Repreguntemos entonces: ¿cómo fantasearía el adoptivo con esos embriones? “¡¡Pero no tiene por qué saber que existen!!” También es cierto. No obstante, cuando en la consulta, asesorándose acerca de la crianza del bebé adoptivo que los espera en su cuna, me hablan de su preocupación por los embriones retenidos, estoy autorizada a pensar en un tipo peculiar de familia habitada por el fantasma criopreservado. ¿Está demostrado que los fantasmas no existen? No me refiero a los fantômes del psicoanálisis, tampoco al que transitaba los helados corredores de Elsinor, sino a aquello que el ombligo del sueño enlaza en los cordones umbilicales inexistentes. Porque esas madres cuentan sus sueños y ellas mismas se preguntan: “¿No estaré soñando con los embriones?”.</p>
<p>Los hijos que han sido adoptados no conocen el antecedente de la fertilización asistida. Hasta que lo conocen. En un diálogo con una adolescente me preguntó: “Cuando me adoptaron, ¿había esta cosa de los embriones que hay ahora&#8230;? Porque la hermana de mi prima tuvo mellizos y al principio no podían&#8230;”. En esas circunstancias, ése es otro de su temas inquietantes.</p>
<p>Si nos mantenemos en el ámbito de los adultos, los escucharemos afirmar que cuentan con amor suficiente como para dedicarse al adoptivo sin problematizarse por los embriones ahora que disponen de un hijo “de veras” que dejó su estatuto del ser-por-las-dudas. La criatura presente los colma de bienestares.</p>
<p>No obstante, estos adoptivos son comentaristas involuntarios de la resignación parental ante la imposibilidad de procrear mediante la tecnología. Su comprometida pregunta distingue a este niño o niña que fue adoptado, del hijo que podría haber sido. Se desdobla al rozar el borde de lo que quiere adivinar. Se despliega entre ese sujeto que la ley incluyó en esa familia y la posición de hijo que proviene de una necesidad parental, limitante del deseo de hijo. Comprende que es hijo porque para sus padres es “nuestro”. Y esos padres también podrían afirmar que asimismo “nuestros son los embriones-que-no-fueron-hijos”. Para los adultos, el común denominador es aquello que ha podido saciar la necesidad de posesión: el hijo. Y para el adoptivo –que inicialmente fuera “por las dudas”– el enigma de su inconsciente quizá quede ilustrado por esta duda acerca de la existencia o no de técnicas de fertilización asistida previas a su llegada: “Si hubieran tenido éxito yo no estaría aquí”.</p>
<p>El discurso capitalista que caracteriza nuestra civilización será un componente más en la novela familiar del adoptivo, que se sabe “nuestro” hijo (porque parece que no hay otra manera de decirlo) y palpita que hubo embriones como objeto de consumo previos a su aparición en “su” (la suya, propia) familia. Donde no estuvo su embrión ni su placenta.</p>
<h3>¿Una solución?</h3>
<p>Acompañar a estos padres continúa enseñándonos acerca de lo que significa ser padres y ser hijos. Los embriones no necesariamente están condenados a desaparecer. Porque en conocimiento del significante parentalidad, un año después de la adopción puede abrirse el interrogante: “¿Y si descongelamos a uno de los dos&#8230;?”. Es una pareja que siempre deseó tener varios hijos, como tantas otras que nos rodean. Entonces se retoma la práctica emprendida inicialmente: implantar un embrión. O los dos. Es probable que alguna mirada profesional se pregunte por el equilibrio psicológico de estas parejas. Esa es una pregunta arriesgada: deberíamos preguntarnos por qué abrimos ese interrogante.</p>
<p>Quizá porque nos avanza una lógica inapelable que ya se había insinuado anteriormente. “¿Y si el adoptivo quisiera tener hermanitos? ¿Si nos preguntara por qué no los tiene? Mientras nosotros guardamos dos embriones congelados&#8230;”</p>
<p>¿Cuál es la diferencia con la situación de los adoptivos a quienes repentinamente y para asombro de sus padres, le aparece una hermano porque la infertilidad de uno de sus padres se resolvió en un embarazo inesperado, bienvenido con alharaca? Conocemos esas historias, que no son infrecuentes, así como la hermenéutica que las acompaña: “El adoptivo los autorizó a ser padres&#8230;” “El adoptivo actuó terapéuticamente&#8230;” Y otras alternativas.</p>
<p>En situaciones como las que describí, el hijo adoptivo “da a luz” a los embriones cautivos. Así como él modificó su estatuto de “un-ser-por-las-dudas” para convertirse en un sujeto-en-acto (ya no en potencia), ahora su estatuto de sujeto filiado como hijo (o sea, en resguardo de la trascendencia legalizada de sus padres) caldeó la temperatura emocional que la crioconservación precisaba para demoler su congelamiento.</p>
<p>No existe entre nosotros una legislación relacionada con la manipulación y criopreservación de embriones, ni acerca de su status jurídico, de manera que estas situaciones se reiteran abriendo preguntas que enmarcan los antiguos interrogantes propios de las adopciones.</p>
<p>La simplicidad de algunas respuestas, provenientes de las parejas, podrían limitar el problema. “Decidimos tenerlos a todos, al adoptivo y a los embriones&#8230;” fue una de las respuestas posibles.</p>
<p>Entre las paradojas que aparecen no falta quien decide “no pensar más en los embriones” y esperar la adopción negando que la empresa a la que recurrió para mantenerlos “reservados” tiene sus propios tiempos y sus límites de diferente índole para mantenerlos vivos.</p>
<p>Hasta aquí, la enunciación de historias de vida que llamamos clínicas y que nos cuentan algo más acerca de las neoparentalidades que inauguran una relación involuntaria de los hijos adoptivos con los embriones de sus padres. Y a los que él acoge en la fraterna convivencia de quienes, humanizados, dejaron de ser extrañamente inquietantes. A veces los adoptivos no reaccionan tan fraternalmente ante el recién llegado.</p>
<p>Los seres humanos crearon la fertilización asistida que hay que legalizar y también la adopción como instituto legal que sistemáticamente se saltea mediante la elección de “guardas puestas” (mediante la contractualización entre adultos sin que el Estado represente los derechos del niño mediante sus profesionales encargados de evaluar a los pretensos adoptantes). Los adoptivos siempre preguntaron por sus orígenes, los hijos de la fertilización asistida también (y si no preguntan y si no les cuentan, se las arreglarán para saber o sospechar). Estos grupos humanos nos han propuesto un modelo, cantera de fantasmas (ahora sí propios de la vida psíquica), de angustias y secretos que se cotizan en las permanentes declaraciones de quienes nos dicen: “Nosotros nunca tuvimos un problema psicológico. Primero recurrimos a la fertilización asistida, también a la adopción y ahora tenemos varios hijos y llevamos una vida feliz”.</p>
<p>Un universo de filósofos, especialistas en bioética, psicólogos, psicoanalistas, abogados, legisladores incorporamos estas realidades como evidencias que se nos aparecen porque surge la consulta. ¿Deberíamos preguntarnos si lo aprendido en las universidades alcanza para inscribir a estas familias en las lógicas de lo esperable porque es lo actual?</p>
<p>Eva Giberti</p>
<p>www.pagina12.com.ar</p>
<p><a href="http://www.pagina12.com.ar/"> </a></p>
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		<title>Cuando la adopción termina en reabandono</title>
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		<pubDate>Fri, 10 May 2013 10:21:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Es el mayor temor para todas las parejas que adoptan un niño porque los casos existen, aunque a veces no se llegue a cortar del todo el hilo.</strong></p>
<p>Llegó de la mano de la abuela al parque. Apenas tendría 5 ó 6 años. La mujer le regañó por intentar quedarse con la pelota de otro y de pronto el niño estalló. Comenzó a golpear con todas sus fuerzas a la anciana, que intentaba detenerlo y quitarle los zapatos. Tenía las piernas llenas de moratones, de arranques de furia anteriores. Su hija había adoptado al chico hacía unos meses de un país del Este de Europa, pero el sueño al fin logrado se había truncado en una pesadilla para la familia. «Se ve que en el orfanato le trataron muy mal», le justificaba la atemorizada abuela, que entre impotencia, pena y alivio confesaba:«En septiembre lo ingresarán en un internado, nadie se hace con él».<span id="more-3475"></span></p>
<p>«Es lo que llamamos una «pseudorruptura», explica Ana Berástegui, psicóloga del Instituto de la Familia de la Universidad de Comillas. Al no ingresar en un centro de menores público, su caso no engrosará la tasa de adopciones fracasadas que, según sus últimos estudios que datan de 2003, se sitúa entre el 1 y el 1,5% de las adopciones internacionales durante los primeros años. Aunque la cifra de estas adopciones ha descendido de las 5.500 de 2004 a unas 2.560, España sigue siendo uno de los países que más adoptan en el extranjero.</p>
<p>«Los datos estadísticos son bastante pobres, entre otras cosas porque la adopción no debe aparecer en las estadísticas posteriores, de forma que se pierde la pista», explica la experta de la Universidad de Comillas. Sin embargo, Berástegui ofrece otro dato que, sin ser comparable, resulta revelador: El 2,35% de niños en protección en la Comunidad de Madrid en acogimiento residencial en 2011 provenían de adopciones fracasadas. «Es una tasa alta porque no el 2% de la población es adoptada», añade.</p>
<p>Solo en Cataluña 72 niños adoptados han sido abandonados por sus familias adoptivas en la última década, la mayoría de ellos de más de 10 años y extranjeros. Los niños «reabandonados» pasan a depender del sistema de protección de menores ya que las adopciones son irrevocables y no pueden ser devueltos a sus países de origen. El fracaso ahonda los traumas del menor, con el riesgo que supone para su salud mental, y aumenta la probabilidad de que se convierta en un inadaptado social.</p>
<p>Es la situación más extrema a la que puede llegar una familia adoptiva, el nuevo abandono de su hijo y la ruptura total del vínculo derivada del conflicto o porque ni siquiera se consiguió crear esa unión. Así lo considera Isabel Azcona, madre adoptiva y secretaria del Comité Ejecutivo de la Coordinadora en Defensa de la Adopción y el Acogimiento (CORA). Hasta las asociaciones de familias llegan pocos casos de ruptura total y definitiva. «Por un lado, no existen estadísticas de las administraciones competentes y, por otro, dichas familias o no están asociadas o en caso de estarlo antes de la ruptura, desaparecen tras ésta, sin comentar el motivo», explica Azcona, porque estas situaciones «van acompañadas de profundos sentimientos de culpay, muy frecuentemente, acarrean además conflictos de pareja».</p>
<p><strong>Un fracaso de toda la sociedad</strong></p>
<p>«Con que haya un solo niño o menor en esta situación de reabandono ya es un fracaso de toda la sociedad», asegura el psicólogo José Luis Gonzalo, quien desde su experiencia señala: «Las adopciones que he visto que más han fracasado son las de menores que presentan alteraciones en la vinculación y trauma por abandono, maltrato y/o abuso sexual en sus lugares de origen».</p>
<p>«Esto sucede con más frecuencia de lo que queremos creer», avisa Gonzalo. Las experiencias vividas quedan registradas aunque no se tenga recuerdo de ellas. «Hay una memoria emocional y sensorial que registra el trauma aunque haya sido en los primeros meses de vida», explica el psicólogo. No determinan la vida, pero sí la condicionan. Los niños deben recorrer un duro camino con un acompañamiento de toda la red social para superar estas heridas y las secuelas que dejan. «Eso lleva mucho tiempo, no hay remedios mágicos», asegura el autor junto a Óscar Pérez Muga de la guía «¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo?».</p>
<p>«Los padres piensan que el amor todo lo cura y es un requisito sine qua non, pero no suficiente», añade Eva Gispert, directora del Instituto Familia y Adopción. Cuanto más difícil haya sido el pasado del niño, mayor dificultad tendrá en confiar en su nueva familia y establecer vínculos afectivos. Los padres deben ser conscientes de ello y abrazar el proyecto sabiendo que adoptar entraña todo lo que supone ser padres, más unos extras que les pueden desbordar si no están preparados o no cuentan con el apoyo familiar y social necesario, incluso si el menor aparentemente no ha sufrido. Gispert, que fue adoptada por sus padres y hoy es madre de dos hijos biológicos y uno adoptado, subraya: «Siempre hay trastorno porque como mínimo tiene el abandono».</p>
<p>Lo suyo fue una adopción feliz. Aún así conoce bien esa soledad que ahora ve en muchos niños, «ese poso de tristeza profundo y esa rabia vuelta hacia uno mismo que no puede salir» que nace de un sentimiento de culpa por haber sido abandonado. Ella también vivió cómo sus padres no comprendían sus reacciones por no entenderse a sí misma. «Te sientes obligada a estar siempre agradecida a los que te han salvado, a demostrarlo y a hacerlo todo mucho mejor, pero ese exceso de responsabilidad también pesa mucho», confiesa.</p>
<p><strong>Señales de alarma</strong></p>
<p>Algunos niños adoptados tienen dificultades para establecer o mantener una relación de amistad, para controlar sus impulsos, para cumplir las normas, o no perciben, identifican o expresan sus emociones o las de otros. La baja autoestima y las dificultades de aprendizaje se suman a menudo a estos problemas que enumera Isabel Azcona, trabajadora social y educadora en Batía. Si todos los esfuerzos de la familia por salir adelante parecen caer en saco roto, es el momento de pedir ayuda. «La situación de crisis no remite por sí misma», advierte.</p>
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<div><strong>Adolescente en un centro de menores</strong></div>
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<p>La señal de alarma de que algo no marcha bienes precisamente a veces que «no pasa nada», según constatan los miembros del Comité Ejecutivo de CORA, que agrupa a numerosas asociaciones de familias adoptivas españolas. Así lo señala también Ana Berástegui: «Si ven que los niños, a los seis meses de su llegada, no se sienten familia, deberían acudir a los servicios de postadopción y lo mismo si en ese plazo no se sienten capacitados para ser padres» porque las rupturas «tienen que ver con no conseguir hacer del hijo, hijo, y no haber logrado sentirse padres».</p>
<p>También ante cualquier situación que los padres no sepan manejar o les dé miedo, sin esperar a encontrar sintomatologías graves. «No hace falta que exista una patología para pedir ayuda», remarca la experta en adopción.</p>
<p>Para cuando la familia o el menor tiran la toalla, llevan tiempo dando señales de alerta que de haberse abordado a tiempo podrían haberse frenado. Cuando todo se destapa, la situación es difícilmente salvable. A menudo las familias han gestionado los conflictos durante la infancia, pero éstos han permanecido latentes y estallan en la adolescencia.Es la etapa crítica en la que se sabe que más rupturas de la convivencia familiar se producen, a menudo por el miedo que despierta el menor a sus propios hermanos u otros familiares.</p>
<p>Los profesionales en adopción consultados coinciden en que a través de un proceso terapéutico no exento de dificultad y sufrimiento y con el apoyo familiar, escolar y social, es posible recomponer los lazos y recuerdan casos en los que la familia ha salido adelante. No abundan, pero abren la puerta a la esperanza. «Se puede», asegura Ana Berástegui, como también es posible que un menor reabandonado encuentre finalmente una nueva familia adoptiva en la que encaje.</p>
<h4>Procesos de idoneidad insuficientes</h4>
<p>Los procesos de idoneidad son decisivos para el éxito de una adopción.«No se puede juntar al menor y a la familia por orden de lista, no es a quien toque. Hay que buscar la familia para ese niño», subraya la experta del Instituto de la Familia. En España solo se descarta el 3% de los procesos, cuando en los países con más trayectoria en adopción el porcentaje se eleva hasta el 30%. En los últimos años se ha avanzado mucho en este terreno, pero «aún deben mejorar», según José Luis Gonzalo, con mejores análisis de las capacidades de los padres, sus habilidades y su nivel de empatía.</p>
<p>En CORA también consideran que estos procesos actualmente son «insuficientes, no se ajustan a las características de los menores y carecen de la suficiente carga formativa previa». Si se produce un fracaso es porque el proceso de valoración no ha servido para detectar esta situación con antelación. «La posibilidad de obtener la idoneidad por la vía del recurso judicial hace un flaco favor en la erradicación de este problema», opinan en la asociación de familias adoptantes.</p>
<p>«Hay que estar muy preparado. La adopción es un reto que te puede hacer crecer como persona, volverte más tolerante, más sensible&#8230; Te cambia la vida», asegura Eva Gispert. Para José Ángel Giménez y su mujer Carmen no fue fácil, pese a su preparación. Él, psicólogo, y ella, pedagoga, adoptaron a su hijo cuando éste tenía 9 años y llevaba en su espalda una larga historia de abandono. En su libro «Indómito y entrañable» recogieron sus esfuerzos y desconsuelos que afortunadamente se vieron recompensados con el cariño de Toni. ¿Sus conclusiones? «Ser padres es más que aplicar cuatro teorías psicopedagógicas y esperar el milagroso resultado. Ser padres es querer, proteger, mimar, poner límites, educar, acompañar, servir de sparring, aconsejar, ordenar, crear un ámbito cálido de convivencia, sugerir, castigar, orientar, animar, empujar, consolar, servir de modelo, cuestionar, asentir, disentir, comprender, perdonar, resistir, resistir y resistir…»</p>
<p>Dónde pedir ayuda</p>
<p>Aunque afortunadamente el nivel y el número de profesionales especializados ha aumentado considerablemente en los últimos años, «sigue habiendo una importante carencia a nivel nacional, muy desproporcionada y desigual en función del territorio», según denuncia CORA que ve en esta carencia el «peligro de caer en manos de profesionales poco preparados que en lugar de ayudar pueden causar más daño». También existen diferencias en los servicios post-adopción entre comunidades autónomas. Es «el gran caballo de batalla», dicen. Asociaciones como CORA o el Instituto Familia y Adopción asesoran y acompañan a las familias que atraviesan dificultades y las ponen en contacto con profesionales especializados. Incluso cuentan con consultas on line.</p>
<p>M. ARRIZABALAGA<br />
www.abc.es</p>
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		<title>&#8220;Y a nosotros, ¿quién nos protegía cuando nacimos?&#8221;</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 20:16:19 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#8220;Todo el mundo sabe dónde nació, quién fue su madre, si tiene hermanos, primos, sobrinos&#8230; Todo el mundo menos los hijos apropiados, como yo. Nosotros somos peor que parias, ni siquiera tenemos el derecho a saber&#8221;. Lo dice Paloma Pérez Calleja, la mujer que el pasado 12 de abril de 2012 preguntó a gritos: &#8220;Y [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>&#8220;Todo el mundo sabe dónde nació, quién fue su madre, si tiene hermanos, primos, sobrinos&#8230; Todo el mundo menos los hijos apropiados, como yo. Nosotros somos peor que parias, ni siquiera tenemos el derecho a saber&#8221;. </strong></p>
<p>Lo dice Paloma Pérez Calleja, la mujer que el pasado 12 de abril de 2012 preguntó a gritos: &#8220;Y a nosotros, ¿quién nos protegía cuando nacimos?&#8221;, mientras la policía escoltaba, con un riguroso celo profesional, a sor María Gómez Valbuena a la salida de los juzgados de Plaza de Castilla.</p>
<p>La monja acudió por primera y última vez ante un juez y guardó silencio en relación a la demanda interpuesta por María Luisa Torres por el robo de la hija con la que consiguió reencontrarse casi treinta años después de su nacimiento.<span id="more-3472"></span></p>
<p>Paloma no nació en Santa Cristina, donde ejerció como Asistente Social la religiosa durante casi dos décadas. Aquel día Paloma ni siquiera sabía dónde nació. Ahora tiene sospechas de que podría haber sido en O&#8217;Donnell, pero sólo son eso, sospechas, porque Paloma es una hija falsa y toda su documentación es una gran mentira.</p>
<p>En su partida de nacimiento se asegura que una mujer llamada Paula la parió en su domicilio de Carabanchel el diez de marzo de 1957. El facultativo José María Romero Orbegozo lo certifica por &#8220;investigación posterior&#8221; el día 11. Durante años esa fue la única verdad de Paloma.</p>
<p>Pero hace casi una década fueron las hijas de Paloma quienes sospecharon. &#8220;Mamá -le dijeron-, la abuela te trata tan mal que no puede ser tu madre. Si no investigas tú, investigaremos nosotras&#8221;, después de mucho tiempo de recelo. Ella nunca había desconfiado a pesar de que sufrió durante toda su existencia la ausencia de cariño, el trato frío, distante y despótico de una mujer que llegó a decirle en un alarde de crueldad que su verdadera familia &#8220;eran sólo su marido y sus hijas&#8221;.</p>
<p>Después de mucho insistir Paloma consiguió que Paula le confesara sólo una cosa: &#8220;Sí, es verdad, yo no soy tu madre&#8221;, le dijo al fin sin mucho miramiento.</p>
<p>Con otros familiares consiguió averiguar que su madre había tenido varios partos en los que las criaturas morían de inmediato a causa de un problema con el RH. Al parecer una monja le dijo a Paula que si seguía intentando tener hijos se iba a matar, que ella podía conseguirle una niña aquel mismo día y que se la podía llevar como si fuera la que había nacido muerta. Es sólo una versión, una posible explicación a su origen.</p>
<p>Esto es lo que Paloma le va a explicar hoy lunes al juez. También le mostrará un nuevo documento que acaba de obtener y que demuestra que ella no puede ser hija de Paula. El certificado de los cementerios municipales madrileños asegura que allí se enterró un feto hijo de Paula nacido el día 3 de marzo, es decir, siete días antes de que Paloma naciera. Salvo milagro, es imposible dos partos en tan sólo una semana.</p>
<p>La historia de Paloma es un claro ejemplo de cómo se trataba a los recién nacidos en nuestro país: poco más que cachorros intercambiables, sin derechos, sin identidad y sin capacidad de defensa.</p>
<p>Decía Paloma la primera vez que la entrevisté que lo único que quiere es saber la verdad. Su primera verdad.</p>
<p>Esa es una de las claves en la causa de los bebés robados. Y es lo que en el fondo reclamaba a gritos Paloma ante sor María el día que la religiosa fue a declarar a los juzgados. Una verdad que atormenta a centenares de madres e hijos que como ella buscan desesperadamente. La monja, que falleció el pasado 22 de enero, ha dejado tras de sí un rastro de intriga indeleble.</p>
<p>La ley de adopciones vigente mientras ella trabajó como Asistente Social en Santa Cristina le permitía borrar de la historia de muchos adoptados cualquier rastro de las madres que voluntariamente no quisieran dejar su nombre. Eran los partos anónimos con los que, en un momento de la historia de España, se pretendió acabar con los abandonos de recién nacidos por la calle.</p>
<p>Pero sor María, que era una mujer muy inteligente y esforzada, fue mucho más allá cuando comprendió el gran poder que esa ley le otorgaba. Al menos en tres casos que he podido documentar para el libro &#8220;Los bebés robados de sor María&#8221; en los que madres e hijas se han reencontrado tras más de tres décadas de separación forzosa, la monja decidió, como si fuera Dios, el futuro de las criaturas. Decidió que sus madres biológicas, solteras las tres, no eran aptas para criar a los hijos que iban a parir y decidió que otros matrimonio cristianos y &#8220;con posibles&#8221; serían mejores padres.</p>
<p>A las tres las sedó sin informarles previamente de sus intenciones. Les aplicó el llamado &#8220;parto dirigido&#8221; en el área de privados de la maternidad, mucho más discreta y silenciosa. El Pentotal sódico le ayudó a desdibujar la realidad para reorganizarla. Sedadas con el &#8220;suero de la verdad&#8221;, ni Luisa, ni Elvira ni Conchi pudieron llegar a ser conscientes de los partos.</p>
<p>De hecho, mientras Conchi se debatía con aquella somnolencia que no le dejaba revolverse, escuchó comentar al médico que la atendía en un todo muy enfadado como recriminándoselo a alguien: «¡Va a dar a luz y todavía no se ha dormido!».</p>
<p>En las facturas que le pagaron a sor María y que han guardado las familias adoptivas de esas tres niñas, se encuentran los conceptos &#8220;anestesia&#8221; y &#8220;anestesista&#8221;. Y no sólo en estos tres casos. Prácticamente la totalidad de las madres que dieron a sus hijos en adopción en Santa Cristina fueron sedadas para parir, tanto si consentían en la adopción, como si no.<br />
¿Por qué poner en riesgo la vida de las criaturas y de sus madres?</p>
<p>El doctor Andrés López, Jefe de Servicio de Anestesiología de Hospitales de Madrid, me explicaba que con el uso del Pentotal sódico se conseguía que la mujer &#8220;no tuviera el recuerdo del dolor del parto&#8221;. Ni el del parto, ni ningún otro recuerdo. Las madres así sedadas no sabían si sus hijos habían nacido bien, si habían sido niños o niñas, ni quién los había cogido en brazos.</p>
<p>Luego, con el niño ya nacido y la madre fuera de juego, sor María movía sus fichas. El niño se trasladaba al nido de otra planta y se le colocaba un cartel en el que podía leerse &#8220;no enseñar&#8221; como me contó Montse, una auxiliar de la maternidad. Esos bebés sólo podía sacarlos o moverlos, la propia sor María, puesto que no estaban identificados y el resto del personal sólo sabía que eran bebés para la adopción. A la madre la llevaban a una habitación individual en la planta de privados y alejada del ajetreo hospitalario.</p>
<p>La religiosa decidía entonces. Sentada en su despacho del semisótano de la maternidad, abría su cuaderno de espiral y tapas azules de Centauro y elegía para ese bebé una familia &#8220;con posibles&#8221; de entre los centenares de matrimonios que le habían pedido adoptar un niño. Les llamaba: &#8220;Hay un bebé para ustedes. Vengan a recogerlo con ropa y dinero para pagar los gastos del parto y de la estancia de la madre en una pensión&#8221;.</p>
<p>Días después se producía la recogida. Una limpiadora, Mari, recuerda haber presenciado una.</p>
<p>&#8220;Sor María les atendía en su despacho. Y había que ver cómo les trataba. Con ellos era suave como la seda, nada que ver con el trato habitual que nos daba a los demás. Educada, respetuosa, sonriente&#8230; La de su despacho no era mi zona habitual de trabajo, pero hubo un día que tuve que ir allí a limpiar y la puerta del despacho de sor María estaba entreabierta. Pude ver una escena que recuerdo muy bien. Había un matrimonio sentado delante de la mesa de la monja. La mujer sostenía un bebé que estaba vestido precioso y tenían un capacho muy bonito en el suelo. Ellos miraban al crío y le hacían caricias y monerías. Me fijé que encima de la mesa, junto a varios papeles que no pude distinguir, había un montoncito de billetes. En aquel entonces calculé que se trataba más o menos de unas 250.000 pesetas.&#8221;</p>
<p>Se los llevaban a casa así, ese mismo día. Seis meses después la religiosa les expedía los certificados preceptivos para la adopción asegurando que las madres no se habían interesado por esos hijos y que no habían dejado sus datos. ¿Cómo hubieran podido interesarse si los creían muertos?</p>
<p>Treinta años después esos hijos han buscado sus orígenes y sus primeras verdades. Y han encontrado madres que los buscaban o que ni siquiera sospechaban que estaban vivos. Y han averiguado una primera verdad terrible y dolorosa, llena de ausencia y tan absurda como las ideas megalómanas de la religiosa a la que tuve oportunidad de conocer personalmente un año antes de su desaparición.</p>
<p>De ese encuentro, que también recojo en el libro, me quedo con su estrategia de trilera, con su férreo control de la situación y con la sonrisa que no pudo ocultar cuando mi acompañante le recordó el momento en el que hace treinta años le puso a su hija en brazos. Sonrió con satisfacción, como embelesada por el recuerdo, como seguro había sonreído miles de veces, sintiéndose todopoderosa.</p>
<p>Esa es la primera verdad de decenas de adoptados que ahora descubren sus orígenes. Y esa es también la verdad que busca incansable Paloma Pérez Calleja a sus 56 años. Quien la alumbró, por qué no pudo quedarse con ella, cuál fue la historia de su embarazo o qué monja la puso en brazos de sus padres en un estado tan lamentable que a punto estuvo de morir en sus primeras horas de vida.</p>
<p>La misma incógnita que atormenta a centenares de adoptados y que, en el caso de los que pasaron por las manos de sor María, es desde su desaparición, un poco más difícil de despejar.</p>
<p>Soledad Arroyo</p>
<p>www.huffingtonpost.es</p>
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		<title>Las dudas de los padres adoptantes</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 20:04:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Durante los años en los que se aguarda por ese hijo, surgen preguntas sobre cómo será la integración familiar. La inexistencia de cifras oficiales unificadas complica saber la demora del proceso. En 1999, una nota del diario La Nación sostenía que el promedio de espera de una pareja de padres adoptantes para que se les [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Durante los años en los que se aguarda por ese hijo, surgen preguntas sobre cómo será la integración familiar. La inexistencia de cifras oficiales unificadas complica saber la demora del proceso.</strong></p>
<p>En 1999, una nota del diario La Nación sostenía que el promedio de espera de una pareja de padres adoptantes para que se les otorgara la tenencia de un chico era de unos dos años. Casi 15 años después, ese escenario no ha mejorado: según la psicóloga especializada en Familia y Adopción Leonor Wainer, que preside la asociación civil Anidar, esa espera puede llevar unos tres, cuatro o cinco años, aunque claro, siempre depende del caso.<span id="more-3470"></span></p>
<p>Hay un dato que alarma: sobre las adopciones que se realizan en la Argentina, no hay estadísticas nacionales oficiales. Y desde el Ministerio de Justicia de la Nación, del que depende la Dirección Nacional del Registro Único de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos, no han contestado al pedido de cifras oficiales que realizó Clarín. Esto impide conocer públicamente cuántos chicos esperan ser adoptados mientras sus vidas transcurren en algún instituto de menores, y cuántos padres adoptantes están también en esa espera, así como la demora en las resoluciones judiciales.</p>
<p>Para Wainer, el problema no termina ahí: “El registro único no es tan único ya que hay provincias que no se han adherido –se refiere a Formosa, Catamarca, Santiago del Estero, Córdoba y San Luis- por lo que su información tampoco reflejaría la situación nacional, en el caso de que hubiera estadísticas oficiales y todavía no las va a haber, eso es una falta”, explica, y agrega que ese registro “debería ser más ágil, pero hay que darle tiempo”. Según Wainer, cuando cada jurisdicción provincial manejaba sus adopciones, había un trabajo “más artesanal”: “Es difícil elegir padres a través de la lectura de datos electrónicos, ya que se está trabajando con personas”, sostiene.</p>
<p>Que la espera se prolongue tiene múltiples consecuencias. En Anidar, detalla Wainer, hay un grupo de padres adoptantes en espera que se reúne una vez por mes con el apoyo de una psicóloga y una trabajadora social: “Se intenta informar y acompañar en el tránsito que esta familia que quiere adoptar tiene que vivir, para construir la familia que viene. Esto requiere cierta preparación ya que hay que elaborar el duelo por la paternidad y la maternidad biológica, y prepararse para ahijar a un chico que, como cualquier hijo, es un extraño al principio, pero en estos casos, tal vez tienen un tiempo de vida que no han compartido con sus futuros padres”, explica la especialista, que asegura que la principal es inquietud de esos padres es si los llamarán algún día para darles la gran noticia.</p>
<p>En general, a la asociación civil se acercan parejas heterosexuales, aunque también acuden madres solteras dispuestas a armar una familia monoparental, y en el último tiempo asistió una pareja homosexual. La sanción del matrimonio igualitario convirtió a la aceptación social de la adopción por parte de estas familias en la próxima conquista a lograr. Pero surgen preguntas también una vez que el nuevo hijo se incorpora al grupo familiar: “Se pasa de las dudas generales a las particulares de cada caso, y se piensa en cómo y cuándo contarles que han sido adoptados, y en cómo integrar la historia que ese chico ya trae con la de la familia”, sostiene Wainer, que agrega que también es importante trabajar con los chicos cuando son preadolescentes o adolescentes para que elaboren su identidad adecuadamente.</p>
<p>La espera de las decisiones judiciales no sólo inquieta a los padres, sino que los chicos que, mientras tanto, permanecen institucionalizados, transcurren a veces años perdiendo la posibilidad de ser hijos durante su infancia, una experiencia de gran importancia.</p>
<p>La Fundación Adoptar, con sede en Tucumán, ha sostenido a través de su coordinador, Julio César Ruiz, que sólo el 25 por ciento de las adopciones que se hacen, se concretan por la vía legal, mientras que el 75 por ciento restante se vincula al tráfico de bebés, lo que constituiría una mayoría tan abrumadora como alarmante. Tal vez la unificación de cifras a lo largo y a lo ancho del país podría funcionar como un mecanismo de control para que entonces las esperas de un lado como del otro se reduzcan, y haya más encuentros entre padres e hijos que se desean.</p>
<p>Julieta Roffo</p>
<p>www.clarin.com</p>
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		<title>&#8220;El médico de mi hijo&#8221;: cuando el pediatra está en Facebook</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 18:30:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Facebook, más allá de compartir fotos o felicitar cumpleaños, es inescrutable. Así lo demuestra &#8220;El médico de mi hijo&#8221;, un grupo de pediatría que orienta las 24 horas, todos los días del año, a padres dudosos o preocupados por la salud de sus hijos. El pediatra Jesús Martínez, que atiende por las tardes en la sanidad pública a [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Facebook, más allá de compartir fotos o felicitar cumpleaños, es inescrutable. Así lo demuestra &#8220;El médico de mi hijo&#8221;, un grupo de pediatría que orienta las 24 horas, todos los días del año, a padres dudosos o preocupados por la salud de sus hijos.</strong></p>
<p>El pediatra Jesús Martínez, que atiende por las tardes en la sanidad pública a los niños de Paracuellos del Jarama, Madrid, es el promotor de esta iniciativa que nació como un blog.<span id="more-3466"></span></p>
<p>Su objetivo era informar a los padres para evitar visitas innecesarias a la consulta y con esa intención puso en marcha un grupo homónimo en Facebook.</p>
<p>“Si esa información en algún momento te hacía dejar de consultar porque te permitía saber de qué va un proceso y lo que te van a decir, sería una forma de empoderar a mis pacientes”, ha explicado en una entrevista con EFEfuturo, la plataforma científica y tecnológica de la Agencia EFE.</p>
<p><strong>Un proyecto innovador</strong></p>
<p>El grupo de Facebook surgió como un apoyo a la consulta presencial, pero hoy, con más de 5.100 miembros, ha trascendido al centro de salud de Paracuellos del Jarama y se ha convertido en una herramienta que educa a los padres en salud, que huye de la medicalización de la infancia y que revisa el “siempre se ha hecho así” existente -no sólo- en la pediatría.</p>
<p>Una docena de pediatras aconsejan -a veces con opiniones divergentes-, por amor al arte, a padres preocupados o perdidos con la salud de sus hijos, o bien poco convencidos con el juicio de su médico habitual.</p>
<p>“Puedes ser lo que seas, pero cuando tienes un crío y te entran los miedos estamos todos en el mismo rasero. Todos pasamos por lo mismo”, ha afirmado.</p>
<p>Pero en el grupo también hay fisioterapeutas, maestros, enfermeros, psicólogos, asesoras de lactancia y padres experimentados que ya saben resolver sencillas dudas -la mayor parte de las entradas son relativas a procesos sin gravedad- de los más novatos.</p>
<p>“¿Qué sabe el pediatra de cómo se tiene que hacer el puré de verduras? (…) Consulta con la abuela, con tu madre, con la vecina. Hemos perdido la tribu, falta el enlace familiar. ¿Y quién me lo va a decir? El superexperto. Los pediatras hemos ido acaparando poder porque nos ha interesado profesionalmente o por hacernos imprescindibles”, ha criticado Martínez.</p>
<p><strong>La utilidad de Facebook</strong></p>
<p>El pediatra ha resaltado que Facebook les ha permitido superar barreras que les separaban de las familias, como la mesa del despacho, la bata, el lenguaje abigarrado o el tipo de letra “que no hay quien entienda”.</p>
<p>“Son protecciones inconscientes que utilizamos los médicos que hay que ir eliminando día a día. Los pacientes están ahí, tienen las mismas preocupaciones que tú y y al fin y al cabo tienes que ser mucho más cercano y accesible. Es la manera en la que tienes que ayudar a tu población y a tu gente”, ha sostenido.</p>
<p>Un miembro de “El médico de mi hijo” descubrirá al poco de entrar, por ejemplo, que no hay que medicar a un niño sólo porque tenga mocos o que los padres ponen la calidad de la comida y los pequeños establecen la cantidad que ingieren.</p>
<p>El sueño infantil, la fiebre, la lactancia o la comida son las preocupaciones más recurrentes en este grupo, en el que no sólo se habla de salud, también de educación y de distintos enfoques de la crianza.</p>
<p>“Hay que desmedicalizar la infancia, es fundamental. (…) Todo se intenta solucionar ya mismo y además con algo, hay que comprarle algo. Parece ser que la felicidad o la salud hay que comprarlas. Entonces ya de bebés les empezamos a dar unas gotas para no sé qué, un jarabe para no sé cuántos. Todo tiene que tener una solución material y física”, ha asegurado el pediatra.</p>
<p>Al final, Martínez reconoce que las redes sociales le han ayudado no sólo a enriquecerse gracias a los conocimientos de sus colegas, sino a acercarse a las familias, a empatizar con las madres y a ser menos gruñón en consulta.</p>
<p>EFE Salud</p>
<p>http://noticias.lainformacion.com</p>
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		<title>El tratamiento farmacológico no debería ser la primera opción para el TDA/H</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 18:17:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las áreas de Clínica y de la Educación del Colegio Oficial de Psicólogos de Navarra organizaron, recientemente, una sesión informativa para los colegiados y  profesionales de orientación educativa interesados en el TDA/H y el tratamiento a seguir. En esta sesión, se presentó el documento “Trastorno por Déficit Atencional con o sin Hiperactividad (TDA/H). Consideraciones para [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Las áreas de Clínica y de la Educación del Colegio Oficial de Psicólogos de Navarra organizaron, recientemente, una sesión informativa para los colegiados y  profesionales de orientación educativa interesados en el TDA/H y el tratamiento a seguir. </strong></p>
<p>En esta sesión, se presentó el documento “Trastorno por Déficit Atencional con o sin Hiperactividad (TDA/H). Consideraciones para iniciar o mantener un tratamiento con fármacos y sin ellos. 2013”, elaborado por Mikel Valverde, miembro del Grupo de Trabajo Niños y Adolescentes del COP Navarra, y que hace referencia al consentimiento informado de calidad.<span id="more-3462"></span></p>
<p>Este es un documento informativo (del que aquí se ofrece un extracto), de reconsideración anual, para quienes tengan que tomar decisiones respecto a estos niños, o se interesen por ellos, teniendo siempre en cuenta que un documento no puede suplir al diagnóstico clínico.</p>
<p>Para realizar el diagnóstico TDA/H se considera el comportamiento del menor en tres áreas: movimiento, atención e impulsividad. Su diagnóstico es descriptivo (el diagnóstico es fruto de la observación de signos en esas áreas), sin necesidad de considerar el sentido de la conducta del menor. Este es un tipo de diagnóstico muy diferente al habitual en medicina, dado que no se realizan pruebas físicas.</p>
<p>El evidente gran incremento de menores con TDA/H en los últimos años no obedece a que existan hoy mejores medios para diagnosticar, sino que depende de factores extraclínicos.</p>
<p>Hay muchas guías de práctica clínica sobre TDA/H, que pretenden orientar a los clínicos. Entre todas ellas, sólo la Guía Española del Ministerio de Sanidad y Consumo considera que se trata de un trastorno neurobiológico. Ésta es una apreciación poco ajustada a los hechos, ya que los niños que llegan a ser diagnosticados provienen de problemáticas muy diferentes y su comportamiento puede tener variados sentidos. Este campo clínico vive un fuerte y extenso debate en todo el mundo sobre la condición TDA/H, y la forma de tratar a los niños que presentan este problema. Una parte de los profesionales psiquiatras y psicólogos opinan que si el niño ha sido diagnosticado con TDA/H, debe ser puesto en tratamiento con metilfenidato o atomoxetina.</p>
<p>Hay muchos tipos diferentes de psicoterapia que pueden ser útiles. Los psicoterapeutas analizan cada caso, encuentran los núcleos problemáticos e implementan técnicas que pueden ser diferentes en cada menor. Las psicoterapias que intentan encontrar el sentido al comportamiento del menor, empiezan por escuchar a éste y a sus familiares, recogiendo sus perspectivas y buscando recursos que puedan ayudar a superar las dificultades.</p>
<p>Diferentes orientaciones de las psicoterapias pueden ayudar a superar efectivamente el problema. La utilidad de procedimientos psicológicos está reconocida por publicaciones de prestigio, como la Guía de Práctica Clínica NICE de Inglaterra.</p>
<p>Los fármacos actuales tienen una eficacia limitada tanto en el alcance de sus beneficios, como en el tiempo que duran. Hay pruebas que indican que mantener el fármaco durante un tiempo prolongado, unos dos años, empeora el estado de los menores; teniendo éstos un desempeño peor en numerosas áreas que incluyen los estudios y la conducta. Además, es probable que aparezcan problemas indeseados, tanto físicos como de comportamiento, además de otros bien establecidos como un relevante aumento de la presión arterial y un importante declive académico. Asimismo, mantener el fármaco tanto tiempo no ha demostrado ser mejor que, incluso, terapias psicológicas ya un poco anticuadas.</p>
<p>En definitiva, y según los estudios actuales, el metilfenidato y la atomoxetina no son la primera opción de tratamiento para el niño que ha sido diagnosticado con TDA/H. La ayuda primera debe ser de tipo psicosocial o psicopedagógica, adaptado a las características propias de cada caso.</p>
<p>www.infocop.es/</p>
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		<title>&#8220;Cada órgano dañado responde a un sentimiento&#8221;</title>
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		<pubDate>Thu, 02 May 2013 17:57:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Entrevista a Christian Flèche, psicoterapeuta, padre de la teoría de la descodificación biológica Las enfermedades son una tentativa de autocuración, una reacción biológica de supervivencia frente a un acontecimiento emocionalmente incontrolable, de manera que cualquier órgano dañado corresponde a un sentimiento preciso y tiene una relación directa con las emociones y los pensamientos. Junto al [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Entrevista a Christian Flèche, psicoterapeuta, padre de la teoría de la descodificación biológica </strong></p>
<p>Las enfermedades son una tentativa de autocuración, una reacción biológica de supervivencia frente a un acontecimiento emocionalmente incontrolable, de manera que cualquier órgano dañado corresponde a un sentimiento preciso y tiene una relación directa con las emociones y los pensamientos.</p>
<p>Junto al doctor Philippe Levy, Flèche creó nuevos protocolos para organizar un método de diagnóstico original emocional y una nueva forma de terapia breve que busca en las emociones el origen y la solución a las enfermedades. <span id="more-3459"></span>Tiene publicados 17 libros sobre la descodificación biológica, cuatro de ellos traducidos al español.</p>
<p><strong>El cuerpo es nuestra herramienta de curación?</strong></p>
<p>Yo era enfermero en un hospital de Normandía y observe que pacientes con la misma enfermedad, tratamiento y doctor evolucionaban de manera muy diferente.</p>
<p><strong>Bueno, cada uno es cada cual&#8230;</strong></p>
<p>Exacto, mi hipótesis es que las enfermedades son una metáfora de las necesidades físicas y emocionales de nuestro cuerpo. Cuando no hay una solución exterior a esa necesidad, hay una solución interior.</p>
<p><strong>¿Eso es para usted la enfermedad?</strong></p>
<p>Sí, una solución de adaptación. Cada órgano del cuerpo quiere satisfacer su propia función, es decir, atrapar oxígeno, alimentos&#8230; Si el cuerpo quiere comer, pero en el exterior hay guerra y no lo consigue en un plazo razonable, se produce un shock.</p>
<p><strong>¿Nace el conflicto?</strong></p>
<p>Sí, el inconsciente inventa una vía suplementaria de supervivencia: un síntoma, que es una solución o una tentativa de solución inconsciente e involuntaria a ese shock vivido. En ese caso, el miedo a morir de inanición atacaría el hígado.</p>
<p><strong>Póngame otro ejemplo.</strong></p>
<p>Una persona que siempre tiene prisa puede desarrollar un nódulo en el tiroides, que envía más tiroxina y aumenta el metabolismo del cuerpo, eso la hará más rápida.</p>
<p><strong>Pero tener prisa es psicológico.</strong></p>
<p>Todo lo que captamos a través de los cinco sentidos, de los captadores neurovegetativos que vienen del interior del cuerpo, lo que pensamos o imaginamos, se traduce en realidad biológica.</p>
<p><strong>¿Y provoca un síntoma?</strong></p>
<p>Si no hay una solución concreta y consciente, sí. De manera que si escuchamos algo muy desagradable que nos afecta podemos tener acidez de estómago. Y hay algo muy importante que tener en cuenta.</p>
<p><strong>Dígame.</strong></p>
<p>El cerebro no distingue entre lo real o lo imaginario. Un trozo de limón en la boca o la idea de un trozo de limón en la boca provocan la misma salivación. En función del sentimiento particular, el shock afecta a una zona precisa del cerebro, visible por el escáner, a un órgano y a una realidad energética.</p>
<p><strong>¿Realidad energética?</strong></p>
<p>Somos una unidad compuesta de cuatro realidades inseparables: orgánica, cerebral, psíquica y energética. No hay ni una sola célula del cuerpo que escape al control del cerebro, y este no escapa al control del pensamiento, consciente o inconsciente; de manera que ni una célula del cuerpo escapa al psiquismo. Un shock siempre va acompañado de un sentimiento personal que repercute en los cuatro niveles biológicos.</p>
<p><strong>¿Y es irreversible?</strong></p>
<p>Cuando encontramos la solución esos cuatro niveles sanan simultáneamente. Una paciente tenía dolor en el hombro. &#8220;¿Desde cuándo?&#8221;, le pregunté. &#8220;La primera vez estabas sola con mis hijos&#8221; &#8220;Si estas con tus hijos, no estás sola, ¿quién falta?&#8221; &#8220;Mi marido que nunca está, yo necesito estar arropada&#8221;. Cuando lo reconoció, el dolor desapareció.</p>
<p><strong>A lo largo de un día no satisfacemos todas nuestras necesidades fundamentales.</strong></p>
<p>Cuando no las satisfacemos, nace una emoción. Si esa emoción se libera en el exterior bajo una forma artística, a través de la palabra, el baile o los sueños&#8230; todo va bien. Cuando el acontecimiento no está expresado, queda impreso y el cuerpo será el último teatro de ese evento.</p>
<p><strong>¿Todo conflicto provoca enfermedad?</strong></p>
<p>No, es necesario que sea dramático, imprevisto, vivido en soledad y sin solución. Cuando se dan estos cuatro criterios, el trauma se manifestará a través de la biología.</p>
<p><strong>¿Distintas emociones corresponden a distintos órganos del cuerpo?</strong></p>
<p>Sí, todo lo que tiene que ver con la epidermis responde a conflictos de separación; el esqueleto, a una desvalorización; la vejiga corresponde a conflictos de territorio. Para las mujeres diestras, problemas en el seno y hombro izquierdos corresponden a problemas con los hijos y viceversa para las zurdas; los desajustes en el seno y hombro derechos corresponden para las diestras a problemas con la pareja y viceversa.</p>
<p><strong>¿Estómago e intestino?</strong></p>
<p>No tener lo que se quiere y no poder digerir lo que se tiene corresponde al duodeno y estómago. El colon corresponde a un conflicto asqueroso, podrido. En el recto están los problemas de identidad: &#8220;No me respetan y me dejan de lado&#8221;. Los riñones es la pérdida de puntos de referencia. Los huesos: grave conflicto de desvalorización&#8230;</p>
<p><strong>¿Lo adecuado para estar sano?</strong></p>
<p>Revalorizar las emociones, ser consciente de las emociones y expresarlas, es decir: bailar más a menudo. La gente está mucho tiempo en lo emocional pero son emociones procuradas: fútbol, cine&#8230; Un malestar compartido disminuye a la mitad, continúa compartiéndolo y acabará desapareciendo. Una felicidad compartida se multiplica por dos.</p>
<p><strong>La ira y la violencia se expresan a sus anchas.</strong></p>
<p>Un hombre tiene miedo, el miedo produce rabia, y la descarga enfadándose con su mujer. Cuando estamos en contacto con la emoción auténtica, se transforma; cuando lo estamos con la emoción de superficie, no hay cambio. Si el hombre se dice: &#8220;Lo que tengo es miedo&#8221;, su miedo disminuye a la mitad. Hay que tomar conciencia de uno mismo.</p>
<p><strong>Ima Sanchís</strong><br />
www.lavanguardia.com</p>
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		<title>“Cuando yo vine a este mundo&#8230;”</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Apr 2013 14:51:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La autora diferencia entre el niño adoptado –“que está seguro de haber sido deseado”–, el niño apropiado –donde “el vínculo empezó con la gran mentira”– y el ahijamiento –“padrinazgo vinculado a cuidados generales, que también tiene sus riesgos”–. Cuando se confecciona una historia clínica, se consigna si quien consulta ha sido adoptado. Es un dato [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La autora diferencia entre el niño adoptado –“que está seguro de haber sido deseado”–, el niño apropiado –donde “el vínculo empezó con la gran mentira”– y el ahijamiento –“padrinazgo vinculado a cuidados generales, que también tiene sus riesgos”–.</strong></p>
<p>Cuando se confecciona una historia clínica, se consigna si quien consulta ha sido adoptado. Es un dato de interés sobre el que es importante hacer algunas consideraciones. El hijo adoptado no surgió del cuerpo anatomofisiológico de quienes le van a dar los cuidados indispensables para sortear la intensa indefensión en la que se nace. Estos cuidadores han decidido hacerse cargo de un niño que no tiene la herencia de sus cuerpos. Esta descripción quiere decir solamente que el organismo que somos en el momento del nacimiento no surgió genética ni epigenéticamente de los cuidadores. Lo que va a ocurrir durante toda la vida del infans va a tener relación directa con lo que será el discurso de quienes fuertemente desearon tenerlo y conseguir que saliera de su condición de organismo para advenir a la de sujeto. El hijo adoptado está seguro de haber sido deseado, a veces buscado por mucho tiempo. Sus cuidadores, padres adoptivos, han tenido que renunciar al narcisismo de esperar semejanza de características. Se han lanzado a una aventura un poco más riesgosa que la de tener hijos de la carne. Digo un poco, porque nadie puede hacer previsiones seguras sobre cuáles serán las condiciones que se transmitirán a través de sus células germinales.<span id="more-3448"></span></p>
<p>Hay distintos tipos de adopciones. A veces no se conocen los orígenes, ni óvulo, ni espermatozoide que produjeron el organismo. Otras veces se sabe y se sabe también que éste fue un producto no deseado por quien lo albergó en su vientre. Puede quedar la duda sobre si se trató de un gesto altruista por no poder hacerse cargo de una crianza o si fue simplemente un embarazo no deseado, accidental, que no tuvo nada que ver con el deseo humano de tener un hijo. Así como para que se desarrolle el óvulo fecundado que será un organismo viviente es indispensable que las paredes del útero como cavidad puedan separarse y dar lugar a esa nueva vida, de la misma manera es indispensable que la mente de los que van a ayudar al desarrollo del nuevo ser tenga un lugar para que la vida se desarrolle. Si mencionamos un lugar en el útero se entiende fácil. Lo mismo podemos decir del lugar edilicio, una cuna, un cuarto, un lugar. La capital importancia del lugar en la mente es más difícil de entender. El embarazo, podemos decir que cuando es exitoso, baja de la mente al útero. Los psicoterapeutas sabemos bastante de estos hijos que no tuvieron lugar en la mente de quienes se ocuparon o no de ellos después del nacimiento. Guillén, el poeta, lo dice en un sentido verso: “Cuando yo vine a este mundo, nadie me estaba esperando”.</p>
<p>Lo que estoy intentando decir es que un hijo no deseado no tuvo ese indispensable lugar en la mente de sus padres y en la estructura social que lo va a acoger. Si este organismo sin lugar en la mente de quienes lo engendraron encuentra a quienes lo están buscando sin poder crearlo con el cuerpo tiene una gran suerte, estará seguro de haber sido esperado y de tener un lugar no meramente edilicio, sino emocional, racional, total.</p>
<p>También hay que hacer una diferencia entre lo vivenciado por la mujer quien aloja al niño en su cuerpo por nueve meses y el varón que lo conoce a través del relato o del contacto con la mujer. Ya había hecho mención de esta diferencia y me parece que es importante, ya que hay un gesto en el embarazo que va del hombre a la mujer. El varón introduce el espermatozoide que fecunda al óvulo y da comienzo al nuevo organismo. Pero es la mujer quien informa sobre lo que está pasando en su cuerpo y retroactivamente embaraza al hombre. La reproducción de los humanos no es partenogenética, requiere de la pareja de padres. De aquí la diferencia de la que estoy hablando. Los varones aparecen como adoptantes de los hijos aunque hayan aportado el espermatozoide. El gesto romano de nombrar al hijo que nace da cuenta de este hecho. También como ya dije se ve una diferencia entre la modalidad femenina y la masculina de sostener la cría. La madre es más posesiva, el rol nutriente de los primeros tiempos parece prolongarse. El varón lo mantiene más a distancia. En términos del dicho popular, la madre parece contribuir más a las raíces, el padre, cortando el vínculo diádico a dar alas. De todos modos quede claro que se trata de roles que hay que cumplir, no de destinos del imaginario social que pueden ser tan deletéreos para todos.</p>
<p>Todo énfasis exagerado en los rasgos de género es opresivo, discriminatorio, marginalizador. Obstaculiza una libre elección de ser como resulte más adecuado a la totalidad de cada uno, a su historia, a sus preferencias, a sus elecciones de objeto.</p>
<p>Una observación corriente es que los hijos adoptados se parecen a sus padres adoptivos. Esto va por cuenta del significado de ser hijos de la carne y del espíritu, como ya dice la Biblia. El espíritu sería el discurso en el que nos incluimos a partir de la palabra, el discurso de la familia, de la sociedad en la que vivimos, la cultura que nos acoge.</p>
<p>Los estudios de las neurociencias ayudan a entender aspectos de lo que estoy planteando, especialmente a través de lo que se puede conocer sobre los distintos tipos de memoria. Hay memorias que están siendo estudiadas y que nos alertan a ser muy cuidadosos con respecto a los aspectos conscientes e inconscientes de nuestra conducta. Esto quiere decir que podemos no ubicar racionalmente, intelectualmente un hecho concreto pero vivencialmente experimentamos sus consecuencias. En lo referido a los hijos adoptados, hay memorias corporales que debemos respetar, especialmente con relación al tiempo vivido por el niño entre el parto y el encuentro con los cuidadores. Me apresuro a decir que no solo después del parto hay memorias. Los ejemplos de memorias intrauterinas son numerosos y me llevan al tema que quiero abordar a continuación: la triste experiencia de lo que los argentinos llamamos apropiación.</p>
<p>En la apropiación no hubo abandono del hijo, hubo robo y entrega a otras personas que empezaron el vínculo a partir de la gran mentira del ocultamiento, el secuestro, la muerte, el asesinato. La situación es fuertemente distinta y preocupante. Lo vivido antes de la apropiación no está olvidado, está simplemente en un lugar no accesible a la memoria racional, episódica, de hechos concretos, pero se mantiene actuando intensamente.</p>
<p>Los cien nietos recuperados por el grupo de abuelas de Plaza de Mayo dan testimonio permanente de estas memorias y de sus efectos. El mejor de los tratos dado por apropiadores que pueden haber tenido distintos niveles de conocimiento de la situación no hacen desaparecer la necesidad de entender lo que en cada persona está pasando con estas vivencias a veces sólo corporales, visualizables en actitudes generales, en orientaciones de la vida, en apetencias e intereses, en sueños, en temores, en alegrías súbitas.</p>
<p>El niño apropiado tiene un hueco en sus memorias que hoy sabemos no siempre es posible de llenar a través de la introspección. En términos del modelo freudiano, no resolvemos el problema “levantando la represión”, esto es por “vía de levare”, sino acercando los datos concretos, “por vía de porre”. Necesitamos como en otras situaciones de nuestra tarea el contacto con las familias y con la sociedad en general para que se pueda entender lo que se está viviendo a veces muy dolorosamente.</p>
<p>Nadie podrá suponer que es indiferente saber que quienes los engendraron no los abandonaron, pudieron haberlos deseado y haber sido obstaculizados en la posibilidad de continuar los cuidados. No es indiferente saber que se tiene una familia que lo estuvo buscando por tanto tiempo. En las situaciones menos traumáticas el hijo apropiado, que puede haberse transformado en adoptado, como se ha dado en muchos casos, tiene dos familias, la de quienes lo engendraron y la de quienes lo criaron. Esto ocurre; quien quiera enterarse sólo tiene que buscar los datos.</p>
<p>Una última reflexión sobre este tema: los humanos no somos meros organismos como los otros mamíferos; aunque también los gatitos tendrán memorias, somos sujetos, sujetados a una cultura que no puede sernos negada y a la que tenemos todos los derechos de acceder.</p>
<p>Otro asunto destacable es el de ahijamiento. Ahijado y padrino o madrina viene de la tradición católica. Los padrinos serían quienes estuvieron elegidos por los padres para ocuparse del niño si ocurre la muerte o la enfermedad inhabilitante para seguir proporcionando los cuidados. La obligación contraída por el padrinazgo estaba especialmente vinculada a la educación religiosa, al mantenimiento de los principios rectores de la fe cristiana.</p>
<p>La tradición católica ha sido reemplazada por un padrinazgo vinculado a cuidados generales que aparecen como un referente que se puede tener por fuera de la familia oficial. Parece ser más vale una costumbre, una gentileza con amigos que los ubica en un lugar de mayor intimidad. Sería como llamar tíos a los amigos de los padres.</p>
<p>Lo menciono porque he recibido consultas vinculadas a un exceso en las posibilidades de mando de estas figuras, que se arrogan derechos sobre los niños por haber sido nombrados padrinos. Como ya lo he mencionado, la función de la familia extendida tiene también sus riesgos. Lo mencionado como multiparentalidad se apoya muchas veces sobre esta búsqueda de ayuda para dar raíces a los vástagos. Puede ser bueno, pero también puede obstaculizar la autonomía y la independencia.</p>
<p>El conocido pediatra argentino Florencio Escardó ironizaba la frase “madre hay una sola”, diciendo que por fortuna es así, ya que sería imposible soportar dos. Esto puede aplicarse en algunos casos a este personaje que estoy mencionando. También hay padrinazgos y madrinazgos que son referentes contenedores cuando las funciones paterna y materna se debilitan por cualquier motivo.</p>
<p>Lo que entiendo como fundamental en esta trama de referentes que se organiza en el cuidado de los niños es que se acepte la divergencia. Es importante que el niño, el adolescente, el joven tenga acceso a distintos modelos de comportamiento. Esto permite las opciones por uno o por otro. Lo riesgoso es que el adulto crea ser poseedor del único modelo válido. El problema es el pretendido establecimiento de verdades absolutas, de reglas únicas a las que hay que someterse.</p>
<p>Lía Ricón<br />
Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina</p>
<p>www.pagina12.com.ar/</p>
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		<title>A menudo los hijos se nos parecen</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Apr 2013 09:56:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Padres y madres que se encuentran en los gestos o los rasgos de sus hijos, tanto adoptivos como biológicos.</strong></p>
<p>Adriana Díaz sabía que en su casa hacía falta una mujer, la risa de una nena, jugar con muñecas, lavar un vestido. Siempre había querido ser madre de una nena, pero la vida le había dado un matrimonio con Horacio Oñate, encargado de una casa de venta de artículos deportivos y de camping, una casa en Castelar y dos hijos varones: Leonel y Juan Ignacio. Luego de las complicaciones que sufrió en ambos partos, su médico de cabecera le recomendó dejar de intentar quedar embarazada, ya que podría ser un gran riesgo para su vida. Pero Adriana no se quedó con las ganas: después de un largo y agotador proceso, que hasta por momentos la hizo pensar en abandonarlo, pudo adoptar a Nadia, una nena de casi dos años cuyos padres sabían que no estaban en condiciones de poder criar y prefirieron entregar a otra familia con una mejor posición económica.<span id="more-3445"></span></p>
<p>“Cuando por fin pudimos traer a Nadia a casa fue una fiesta. Fui tan feliz como el día en que nacieron los varones, por fin la familia iba a estar completa”, recuerda su emoción Adriana. “Los hermanos también me ayudaron mucho a criarla. Leonel, el mayor, le lleva 15 años y Juan, 9; juntos estuvieron a su lado en muchos momentos de su crianza”. Cuando Nadia ya rondaba los 15 años, Adriana empezó a notar en ella ciertos gestos muy similares a los de sus hermanos. “Me acuerdo de una cena familiar, creo que era un día de la madre o del padre, en que yo desde la cocina los veía a los tres sentados a la mesa comiendo, en ‘escalera’, del más alto a la más baja. De repente, como si fueran esos nadadores chinos que hacen nado sincronizado, los tres se repetían en todo movimiento: desde la forma en que se llevaban la comida a la boca, cómo agarraban una botella, la postura de sus espaldas contra el respaldo de la silla. Estuve como dos horas con la boca abierta de la sorpresa”.</p>
<p>A partir de ese momento, Adriana empezó a observar más detalladamente los movimientos de su hija, y a compararlos con los de sus hermanos y hasta con los de ella o su marido. “En un momento estaba tan obsesionada con el tema que pensé que me estaban haciendo algún tipo de broma, pero no, era casi una mimetización”. A medida que pasaban los años, iba encontrando en su hija otros rasgos similares a los suyos, o a los de su marido. “Verlos caminar juntos por la calle era un espectáculo. Los dos arrastrando los pies, con la espalda algo encorvada, el movimiento de los brazos, era todo igual”, sostiene. “En unas vacaciones, Adriana nos filmó a Nadia y a mí caminando y charlando en la playa, y después me hizo ver el video”, recuerda Horacio. “Cuando lo terminé de ver, me puse a llorar como un chico. No podía creer que mi hija fuera tan idéntica a mí. Cuando pasamos por el proceso de adopción, uno de los miedos más grandes que tuve fue que ella no se habituara a estar con nosotros, o que notara que era diferente a sus hermanos, que no tenía los mismos rasgos, o algo similar. Por suerte fue algo que nunca pasó. Es más: en muchas oportunidades, cuando le contábamos a alguien que ella era adoptada no lo podían creer”.</p>
<p>Él y Adriana coinciden en que criar a sus hijos fue una tarea dura pero apasionante, y con una enorme recompensa al final del camino. “Ver a nuestros hijos tan iguales a nosotros en muchos aspectos, especialmente en las cosas más chiquitas, es reconfortante. Los tres nos hacen muy felices, y más cuando nos vemos reflejados en ellos”.</p>
<p>En el momento en que Claudio Ballesteros y su esposa Marina recibieron la noticia de que no podían tener hijos decidieron que iban a transitar el camino de la adopción. Hoy, diecisiete años después son los padres de Santiago y Lucas. “Cuando empezaron a crecer, empezamos a notar cada vez más similitudes con nosotros, especialmente conmigo. Cosas chiquitas, como por ejemplo maneras de moverse, o que ambos se levantaban con el mismo mal humor que tengo siempre a la mañana. Somos insoportables los tres, no se nos puede ni hablar”, se sincera Claudio.</p>
<p>“Algunos amigos de la familia nos han llegado a decir que no pueden creer que los chicos no sean hijos biológicos nuestros, porque el parecido es muy fuerte. Creo que en casos como los nuestros, nos dedicamos tanto a la crianza de los chicos, estamos tanto tiempo juntos, que la mimetización es más grande que en otras familias. Yo estoy orgulloso de que mis hijos sean tan parecidos a mí”, afirma.</p>
<p>Nicolás Parrilla<br />
www.clarin.com</p>
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		<title>Adopción: del tabú hacia la charla</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Apr 2013 07:59:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>lila</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En la mitad del siglo pasado la mayoría de las familias no les decían a sus hijos que eran adoptados, pero hoy ese paradigma cambió. “Mi mamá no es mi mamá”. Con ese pensamiento se despertó a los 24 años Julio César Ruiz, después de haber dormido 48 horas tras una operación de amígdalas y [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><strong>En la mitad del siglo pasado la mayoría de las familias no les decían a sus hijos que eran adoptados, pero hoy ese paradigma cambió.</strong></p>
<p>“Mi mamá no es mi mamá”. Con ese pensamiento se despertó a los 24 años Julio César Ruiz, después de haber dormido 48 horas tras una operación de amígdalas y varias dosis de anestesia. Se levantó y le fue a preguntar a su mamá, que le respondió: “No te voy a decir nunca quién es, me voy a llevar ese secreto a la tumba”. Hoy Julio tiene 62, vive en Tucumán, tiene siete hijos y es el presidente de la Fundación Adoptar. <span id="more-3439"></span></p>
<p>“Fue dolorosísimo, un antes y un después en mi vida. Es dramático porque uno se desestructura, pierde la identidad, se rompe el tejido afectivo, todo lo que se viene construyendo. El niño adoptivo tiene una historia anterior que le pertenece a él y hay que respetarla. Y a partir de ahí decirle ‘yo te amo, te elijo, te necesito’”. Para Julio, sus padres no le habían contado acerca de su origen por miedo a que su madre biológica lo reclamara. En ese momento, afirma, no había cursos, ni instrucción o Internet: “Fue un error tonto el de mis viejos, pero yo lo comprendo”, reflexiona.</p>
<p>Hoy en día la adopción es un tema que, en muchas familias, dejó de ser tabú y se habla abiertamente. Karina D. -no revela su apellido para proteger la identidad del menor- es docente y psicóloga, y hace casi un año y medio que junto a su pareja adoptó a su hijo, de uno y cinco meses. Después de diez años de intentar naturalmente tener un hijo, y también con tratamiento, tomaron esa decisión. “Es muy chiquito pero ya le voy diciendo que desde que llegó a nuestras vidas estamos muy felices. Alrededor de los cuatro años los chicos empiezan a preguntar, por ejemplo cuando ven a otras mujeres embarazadas, si ellos estuvieron en la panza. Entonces la idea es en ese momento contarle la verdad, que no estuvo en mi panza, y explicarle el tema de la adopción”.</p>
<p>Para el psiquiatra Carlos Emilio Antar, de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), hubo tres momentos diferentes respecto de cuándo y cómo hablar de la adopción con los hijos. En el primero, cercano a 1940-1950, explica, estaba extendida la idea de no decirle a los chicos que eran adoptados porque se pensaba que eso los iba a hacer sufrir. “Esto tuvo que ver con una época que coincidía con un criterio general de que ciertas cosas no se supieran, para que eso no produjera un trauma. Esto se daba no sólo con la adopción, sino también con enfermedades u operaciones”, afirma el especialista.</p>
<p>Pero con los años, y hasta llegar a la actualidad, esa situación cambió, en la mayoría de los casos: “El criterio es que las personas deben saber, que se pongan en contacto con la situación”. Igualmente, señala que hay algunas familias que aún hoy prefieren no decirles a sus hijos que son adoptados. Para Antar ahora se está yendo hacia otro momento en el que el criterio siempre es decir la verdad, pero evaluando cuándo, en qué momento y de qué manera. En este sentido, la psicóloga María Inés Pastore, de la Asociación Argentina de Psiquiatría y Psicología de la Infancia y la Adolescencia (ASAPPIA), afirma: “Encontramos dos extremos. Algunos papás que no pueden parar de hablar del tema, por eso hay que tener mucho cuidado con el tiempo y con la forma, y otros que se resisten mucho a dialogarlo”.</p>
<p>Otro de los tabúes que a lo largo del tiempo se fueron visibilizando, es el de los embarazos no deseados, por diversas razones, tras el que luego se decide dar en adopción al chico. Antar dice que esto fue cambiando y que tiene que ver con la mirada de la sociedad: “Muchas veces se dijo que detrás de una adopción hay un abandono. Yo creo que no es una universalidad. No creo que la entrega de un chico sea siempre un abandono. A veces es al revés, es una persona que por proteger a una criatura lo entrega a alguien que puede estar en mejores condiciones que la madre que ha concebido a ese hijo. Eso sí ha cambiado”.</p>
<p>Si bien los casos de Karina y de Julio se contraponen en cuanto a cómo encarar la adopción, el sentimiento de ellos es similar. En uno como madre, en el otro como hijo. Ella dice: “Es mi hijo con todas las letras. El amor que uno siente es muy fuerte. Nunca pensé que iba a ser tan grande lo que me iba a pasar”. Julio cuenta: “Tengo 62 años de adoptado y mi vieja es mi vieja. El amor de mi vida, la que me enseñó cómo son las mujeres, a rezar, a sumar, compartió su patrimonio conmigo. Yo no necesito decirle &#8216;mamá del corazón&#8217;. Solamente &#8216;mamá&#8217; es suficiente”.</p>
<p>www.clarin.com</p>
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