Generación de supervivientes

lapicesCon voz de locutor, un joven lee el escrito de otro compañero en un taller de escritura creativa. “Lo que tú boca no se atreve a decir, tu mano y tu mente lo hacen existir”, lee el joven -de pie, papel en mano- y no puede evitar opinar. “Eso estuvo bonito”, dijo el lector acompañado de más halagos de otros.

Como muchos, ellos escriben para narrar y desahogar. En sus casos, la escritura y la lectura serán la compañía y la guía constante en las circunstancias particulares en las que se desarrollan.

Ellos son 75 participantes del Servicio de Vida Independiente de la Administración de familias y niños (ADFAN). Son jóvenes cuyo regreso a una familia biológica o a una adoptiva no se materializó y pronto serán responsables de sus vidas. Tienen entre 17 y 21 años y pertenecen a las diez regiones en que la agencia gubernamental divide a Puerto Rico.

“La escritura me deja crear mi mundo, encontrar en un pedazo de papel la paz”, lee otro locutor el texto de un participante del grupo de “los mayores”, los que ya estudian, trabajan, viven o se preparan para vivir solos. Luego se queja porque no entiende la letra del autor. “Mano, ustedes escriben chino”, dice arrancando carcajadas.

Los talleristas en esta ocasión fueron los autores Carlos Vázquez Cruz, Xavier Valcárcel y Karen Sevilla. El esfuerzo es una colaboración entre el Salón literario Libroamérica, liderado por Mayra Santos Febres, y ADFAN. El primero tuvo lugar durante la celebración del Festival de la Palabra y se impartirán un total de 10 talleres pautados para acabar en abril. Los mejores trabajos integrarán una antología que debe publicarse al final del ciclo.

Llegaron de distintas partes de la Isla al Hotel Sheraton, en el Viejo San Juan. Disfrutaron un almuerzo navideño y comenzaron a trabajar divididos entre los tres talleristas.

“Aquí están los que quieren más”, señala Vanessa Pintado, administradora de ADFAN sobre los jóvenes identificados por sus trabajadoras sociales por su interés por el arte, la música o la literatura.

Afirma que muchos le han expresado que canalizan emociones con un diario y optó por crear los talleres como método de sanación. “Cada joven es un libro, tiene tanto que expresar. Estos talleres han sido muy bien aceptados”, afirma Pintado y agrega que la escritura no solo les servirá “de válvula de escape y de pasatiempo sino que es un motivador”.

Palabra y silencio

El autor y profesor universitario Carlos Vázquez Cruz dice que en su taller parte de su experiencia en esas edades y de vivencias familiares y comunitarias complicadas que experimentó. “Puedo entender de primera mano lo que están diciendo”, dice Vázquez, “y puedo entender también lo que no están diciendo porque hay un elemento en el silencio que delata lo que pasa, sucede en otros niveles de discurso que ellos no quieren registrar. Son registros que van más allá del lenguaje”.

Vázquez asegura que la dificultad varía: en los primeros talleres afecta el asunto emocional y en los últimos el dilema estético.

“Yo lo que quiero es que ellos saquen lo que tienen que decir, no importa las metáforas y los símiles, eso lo identificamos después, lo que quiero es que se atrevan a hablar en un mundo que les ha dicho ‘cállense’. Ellos son los que no han sido adoptados, saben lo que es quedarse. El Estado debe estar pero si no, que ellos puedan hacerse cargo de su vida en ese sentido (emocional)”, propone el autor antes de atender su grupo.

Están en silencio absoluto y le observan recelosos mientras Vázquez se presenta. Leen el poema Sé todos los cuentos, de León Felipe.

Yo no sé muchas cosas, es verdad/ Digo tan solo lo que he visto./Y he visto/ que la cuna del hombre la mecen con cuentos.

Cuentos. Los que les han hecho brincan del papel tras el primer ejercicio. El cuco tiene muchos rostros. Desde el “te texteo ahora que estoy buscando algo” y “voy de camino”, hasta el “siempre voy a estar para ti”, “todo va a estar mejor”, “ten paciencia”, “un día te voy a buscar” y “confía en mi”.

Adam Pomales tiene 20 años y reconoce que en esta edad ve sus lecturas con otra perspectiva. Le gusta escribir combinando “fantasía y realidad”.

“Pasé bastantes situaciones familiares cuando era pequeño y leer me ayudó a darme cuenta de que me tengo que encontrar yo mismo. No me voy a quedar como uno más diciendo ‘no voy a hacer nada porque me pasó esto’. A veces tú leyendo encuentras algo y lo quieres hacer por ti mismo para no quedarse estancado en el mismo lugar y ser uno más”, agrega Pomales.

Mayra Santos Febres, del Salón Literario Libroamérica asegura que “las ganas” definen a esta generación.

“Cada pedacito de cosa que le cae en las manos la convierten en posibilidades de algo positivo, ya aprendieron que esa es la estrategia para lograr una transformación verdadera”, dice la escritora.

Por su parte Pedro Cartagena, a cargo del Servicio de Vida Independiente, afirma que les brinda “herramientas completas” para que en el futuro puedan “valerse por sí mismos”.

“Yo les hablo claro y el detalle es ponerte en el lugar de ellos, si hacen algo mal buscar por qué lo hicieron”, exhorta Cartagena.

Iván Serrano tiene 20 años y estudia educación musical en el Conservatorio de Música de Puerto Rico. Los talleres, asegura, han reafirmado su interés “por la lectura y la literatura en general” y le han dado ganas “de seguir escribiendo y desarrollar”.

“Sí tengo un poco de miedo”, acepta el joven sobre próximas decisiones que debe tomar en su vida, “puedes tener toda la teoría del mundo que te brinda cierta base de seguridad pero a la hora de enfrentar la realidad hay que saber cómo usar el conocimiento que uno adquiere”.

En el taller que ofrecía el poeta Xavier Valcárcel un joven estaba en minoría. Decía que prefería ser lector más que escribir sobre cosas personales.

“Este país necesita sensibilidad”, les indica Valcárcel, “y uno a veces subestima sus experiencias. Se trata de transformarlo todo, puede ser un buen proyecto de superación”.

En el salón liderado por la poeta Karen Sevilla, una joven lee el poema Rosa negra y su creación provoca el aplauso de sus pares. Otra va a leer La gótica y acepta que “siento cosquillas acá arriba”, mientras toca su estómago. Un compañero la auxilia y lo lee por ella. Están en el mismo barco.

“A mí me gusta que sientan lo que están escribiendo, si no hay honestidad eso se nota”, les instruye Sevilla.

Eso, entre esta generación de supervivientes, sobra.

Fuente: http://www.elnuevodia.com

Los comentarios están cerrados.