Querer y odiar a mamá

La mayoría de las madres, a veces con la mejor de las intenciones, dejamos en nuestros hijos, como nuestras madres dejaron en nosotros, heridas y carencias

Raro es el niño que no especula con el mito de su origen. Somos críos, observamos otras familias y fantaseamos con cómo sería ser hijo de otros. Nos imaginamos creciendo en otro hogar, despertándonos cada mañana en otra cama, desayunando en una cocina distinta, viendo la tele en otro sofá. Muchos cuentos tradicionales centran su conflicto en esa fantasía tentadora que es a la vez un temor profundo. Érase que se era un niño al que los padres abandonaron empujados por la pobreza, una niña que quedó huérfana y tuvo que convivir con una madrastra indiferente e injusta… Hay incluso identidades equívocas: por hechizo o por error un niño al nacer se extravía o es confundido o intercambiado por otro para solo años después descubrir y recuperar su linaje. Además, la renuncia a un hijo es un tabú que pervive con fuerza en nuestra cultura como demostró recientemente la noticia de unos padres de Zaragoza que “devolvieron” a una niña adoptada en la India.

Todo eso, pero no solo, explica el atractivo de la novela de Donatella Di Pietrantonio ‘La retornada’ (Duomo Ediciones). El titulo italiano original ‘L’arminuta’ (algo así como ‘la regresá’, un término en dialecto abrucés), es el mote que recibe la protagonista cuando a los 13 años, sin explicación alguna, los padres que pensaba suyos, la devuelven a la muy humilde familia de la que salió siendo bebé. Pietrantonio utiliza el dialecto de la región de los Abruzzi para expresar el choque brutal de una adolescente que descubre no solo que fue adoptada irregularmente, sino que no tiene nada o muy poco que ver con aquella familia numerosa e ignorante a la que vuelve. Ni siquiera hablan la misma lengua.

Pietrantonio explora ese mito de la mala madre desde el punto de vista de una hija, pero además de manera doble, pues malas madres son tanto la biológica, que la dejó en manos de una pariente bien situada que no podía tener hijos, como la adoptiva, a quien la joven protagonista considera su verdadera madre y a la que quiere y extraña. Explica Pietrantonio (dentista de profesión, por cierto, escribe robando tiempo al sueño) que, si bien ella nació en una familia convencional, su madre, como todas las madres del campo, tenía poco tiempo y ninguna costumbre de dedicarle atención y afecto. “Aunque estuviera allí, la echaba en falta. Me ha faltado intimidad, cercanía real. No sé si estas heridas son completamente curables, pero la escritura por lo menos me permite representarlas y de alguna manera domesticar o pacificar ese dolor”, declaraba en una entrevista al ‘Huffington Post’ italiano.

La virtud del escenario familiar que describe Pietrantonio es que se trata de personas que podemos reconocer y comprender. Las situaciones que empujan a una mujer a renunciar a su bebé y a otra a devolverla cuando cumple 13 años, no nos son ajenas. Las dos madres son mujeres con sus dificultades, que viven según los códigos de la época y de su sociedad, que intentan hacer las cosas bien y no lo logran.

La mayoría de las madres, también las buenas y las regulares, a veces con la mejor de las intenciones, por exceso o por defecto, dejamos en nuestros hijos, como nuestras madres dejaron en nosotros, heridas y carencias. Habrá quien no tenga reproches para su madre, pero hay otras que nos sentimos muy culpables por la ambivalencia de nuestros sentimientos. Las queremos, pero nos hartan. Queremos estar con ellas, pero también que nos dejen en paz. Rencor, hastío, rabia, “mi madre me saca de quicio” son sentimientos compatibles con el afecto y con la dependencia. ‘La retornada’, en los dos años escasos que transcurren en la novela, pasa por todo el abanico de sentimientos. Pietrantonio explica muy bien este deseo de proximidad y reconocimiento y al mismo tiempo esa necesidad de rechazarla, de alejarnos de ella, no solo porque lo haya sentido como hija, sino porque ha reflexionado mucho. Si mi mamá no me mima, como mandan los cánones, las opciones son dos: o a mí me pasa algo malo y la culpa es mía; o ella es un ser despreciable y defectuoso. Generalmente las dos ideas conviven simultáneamente en la cabeza del niño con la culpa añadida de tener semejantes pensamientos.

“En tantas situaciones he sentido rabia hacia mi madre por esa presencia suya distante, por estar ocupada en algo que no era yo -explica Pietrantonio-. Solo cuando aprendí a reconocer esta rabia la he transformado, elaborándola. He llegado a mi propia definición interna de mi madre siendo ya adulta. Mi madre no tenía la culpa de vivir en un sistema de valores que no era el mío, de vivir volcada en atender a sus suegros, a su marido, a la casa y no a sus hijos”. Ese trabajo personal travestido de ficción es el que ‘La retornada’ nos ofrece a los lectores. Y está hecho con tanta honestidad, tanta emoción y tan buena literatura que nos alimenta también a nosotros.

Ángeles González-Sinde
www.elperiodico.com

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