Adictos a las cuchillas: cómo las autolesiones se convirtieron en una plaga juvenil

El 27,6% de los adolescentes se ha autolesionado de forma voluntaria sin intenciones suicidas al menos una vez en la vida y la tendencia no deja de crecer ante la perplejidad de los expertos. Los casos se han multiplicado por 10 en los últimos 30 años

“Es una manera eficaz y rápida de dismimuir el malestar provocado por la rabia, la tristeza y la ansiedad. En ninguna clínica podemos ofrecerles algo tan potente”

La primera vez fue con las uñas. Como cuando te pica un mosquito y te rascas tanto que al final te acabas haciendo sangre, pero sin el mosquito. «Me empecé a rascar en la mano, a los diez minutillos me escocía un montón y cuando miré, ya tenía una herida. Esa primera vez no fui consciente… Me rascaba de los propios nervios. Pero noté cierto alivio, como si pudiera descargar la ansiedad. Hay gente que le da un puñetazo a la pared y a mí me dio por hacer eso».

La segunda vez ya fue con unas tijeras, o igual fue con un cuchillo de la cocina, o con la cuchilla del sacapuntas que tenía en el estuche, o con la cremallera del mismo estuche. Con lo que fuera. «Hay un punto en el que tienes el plástico de un boli y te sirve, aprendes que si tienes un papel y lo doblas mucho, también te sirve. Llegas a tal nivel de adicción que como no tengas algo fácil a mano, te sirve casi cualquier cosa».

Nadia cumplió 18 años el martes y su mosquito se llamaba anorexia restrictiva. Dice que los cortes, como los vómitos, eran sólo «la punta del iceberg», los síntomas del torbellino que anidaba en su cabeza. En los peores tiempos llegó a estar dos semanas sin comer. En los peores tiempos llegaron a darle puntos por las lesiones que ella misma se producía. Hoy está a punto de recibir el alta y donde estaban las heridas hay ahora un tatuaje en inglés que dice: «Cada cicatriz construirá mi trono».

El 27,6% de los adolescentes europeos se ha autolesionado de forma voluntaria sin intenciones suicidas al menos una vez en la vida, según un estudio publicado en la revista Journal of Child Psychology and Psychiatry. El 20% lo hace de forma ocasional y casi el 8% se lesiona de manera recurrente. Los casos se han multiplicado por 10 en los últimos 30 años y los expertos alertan ya de una tendencia más que preocupante, pese a que apenas se habla de ello en los medios, ha sido un tema tabú en la calle e incluso los propios médicos admiten que aún no son capaces de establecer conclusiones definitivas. Se propaga como una pandemia y sin embargo permanece casi oculta, como si se pudiera tapar con la manga de la camiseta.

En España apenas existen datos al respecto, pero un trabajo reciente liderado por el psicólogo Daniel Vega hablaba de un porcentaje de afectados del 32,7% en una muestra de estudiantes de entre 18 y 30 años. «Ha habido un cambio de paradigma en los últimos años. La autolesión no suicida (que así se llama técnicamente) se entendía históricamente como un fenómeno poco frecuente asociado a algún trastorno mental grave. Hoy ya sabemos que ni es rara ni aparece sólo en personas que sufren un trastorno», explica Vega, psicólogo en el Servicio de Salud Mental del Hospital de Igualada.

Por su análisis sabemos que la edad de inicio de las autolesiones está entre los 12 y los 16 años, que el 63% de las personas que lo hacen sigue haciéndolo un año después de haber empezado y que, pese a que históricamente se creía que era algo casi exclusivo de las mujeres, la diferencia con los varones es muy pequeña. «Las chicas son más proclives a utilizar métodos que implican ver sangre, como cortarse o rascarse gravemente, mientras que los chicos son más propensos a golpearse o quemarse. Seguramente esto siempre ha ocurrido, pero ahora preocupa desde el punto de vista clínico y tiene más visibilidad que nunca».

En los últimos cuatro o cinco años, el problema se ha colado por las rendijas de la cultura popular. Este año, HBO estrenó una serie de televisión basada en el libro de Gillian Flynn Heridas abiertas (Objetos afilados en su versión original), en la que la protagonista, interpretada por la estrella de Hollywood Amy Adams, se lesiona por todo el cuerpo. Se ven sus cicatrices en la pantalla y se ve cómo se las provoca. Antes, en 2014, el pianista británico James Rhodes, hoy felizmente afincado en España, relataba en el libro Instrumental su particular infierno de abusos sexuales, drogas, intentos de suicidio y hojas de afeitar: «Las autolesiones no sólo te colocan, sino que también te permiten expresar el asco que te inspiran el mundo y tu persona, controlar el dolor, disfrutar del ritual, de las endorfinas, de esa violencia sórdida, bestial y ejercida contra uno mismo en privado. Aquello era como tener una aventura sexual especialmente obscena».

Técnicamente se llama regulación emocional. En la mayoría de los casos, la autolesión no suicida no es impulsiva. «La persona lo planifica cuando está sola y cuando está impregnada de una emoción negativa: llámalo rabia, tristeza, ansiedad… La autolesión es una manera de disminuir ese malestar. Es eficaz y es rápido», asegura Juan Carlos Pascual desde el Departamento de Psiquiatría del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona. «En ninguna clínica podemos ofrecerles algo tan potente», confiesa con frustración Daniel Vega.

Entre el 70 y el 97% de las personas que se autolesionan lo hacen cortándose, principalmente en los antebrazos, las piernas o el abdomen. Entre el 21 y el 44% se golpean y entre el 15 y el 35% se queman. La mayoría de personas que se autolesionan, sin embargo, lo hace utilizando diferentes métodos. Ninguno de ellos quiere matarse cuando ocurre, pero la presencia de estas autolesiones sí multiplica por tres el riesgo de cometer algún acto suicida en el futuro.

Ana (la llamaremos Ana) se ha intentado suicidar dos veces en el último año y medio. Los médicos dicen que debutó con la anorexia y la bulimia nerviosa a los 14 años. Debutó, sí, como si se estrenara con la selección española. Hoy tiene 16 y sigue en tratamiento. Se cortó los brazos por última vez el viernes pasado. «Sufrió acoso escolar desde muy pequeña por un problema de sobrepeso y en el cole la hicieron polvo. Se lo tragó todo hasta que estalló. Primero fueron los vómitos y cuando empezó el tratamiento psiquiátrico aparecieron las autolesiones», cuenta su madre.

Ana se ha cortado desmontando un sacapuntas con la habilidad de un relojero, partiendo la carcasa del móvil, desmontando un cúter, rompiendo platos y vasos y guardándose los pedacitos en el bolsillo. Si iba caminando por la calle, hacía como que se iba a atar los cordones de las zapatillas y entonces robaba un cristal del suelo.

Dice la madre de Nadia, la otra chica, que son como magos, capaces de guillotinarse una muñeca sentados a tu lado en el coche o entre el primer plato y el postre. Si MacGyver escapaba de la cárcel con un chicle y un clip, a Ana le sobraba con el clip para escapar de la suya.

«Ella no ocultaba sus heridas. Empezó haciéndose rasguños en el colegio y acabó con 50 puntos de sutura en el brazo derecho», cuenta su madre. Ana se hacía daño para que su cabeza escapara de un daño aún mayor y se cortaba para pedir auxilio. «Nos brindaba sus heridas, las utilizaba para llamar nuestra atención. Mirad lo que he hecho, curadme. Pero hay que quitarle esa utilidad. Las últimas veces ya no se las curábamos. Le decíamos: cúrate tú. O la llevábamos a urgencias sangrando, haciendo de tripas corazón, para romper ese cordón umbilical entre la autolesión y el cuidado de sus padres».

¿Llegas a entender por qué lo hacía?

Al final aprendes a comprenderlo. Aprendes que es sólo un síntoma de algo mucho más profundo, pero un síntoma con sangre y heridas de por medio. Yo al principio le pedía explicaciones, me enfadaba con ella, pero ni ella misma lo entendía. ¿Cómo convences a un alcohólico de que deje de beber?

¿Funciona la autolesión como una droga?

Tal cual. Es un ansiolítico de efecto inmediato. Mejor que un orfidal. Es duro decirlo, casi morboso, pero a mi hija la he visto cara de drogada inmediatamente después de lesionarse. Se acababa de destrozar los brazos y tenía una serenidad en la cara… Una mirada liberada, como si estuviera en trance. Luego ya…Luego, un tsunami.

Lo cuenta Nadia, que sobrevivió a él: «Diez minutos después de lesionarte tienes la misma ansiedad de antes, la que te querías quitar, pero añades la ansiedad de lo que has hecho y la ansiedad que te genera tener ganas de volver a hacerlo. Pasas de tener una ansiedad a tres juntas y eso te genera una bola horrible».

¿Cómo se combate una práctica que, en palabras de James Rhodes, produce un subidón mayor que el de la heroína o el crack? «Desde luego, prohibirlo no funciona y ningún joven puede estar vigilado las 24 horas del día. Hay que enseñarles que la autolesión no resuelve el problema, sino que es un nuevo problema y que existen otras estrategias de regulación emocional más útiles y menos cruentas», explica Juan Carlos Pascual.

En su terapia enseñan técnicas de relajación a los chavales, a hacer deporte, también les dan chuches de chile o tabasco, les hacen comerse un limón, o aguantar un cubito de hielo en la mano, una ducha de agua congelada. «Utilizamos estrategias de tolerancia al malestar mucho más funcionales que cortarte el brazo con una cuchilla».

La otra batalla está en la red. La FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) avisó la semana pasada de que el 21% de los jóvenes de entre 14 y 24 años ha visitado durante el último año páginas web sobre cómo herirse. Si uno busca la palabra autolesiones en Instagram, encuentra miles de vídeos y fotografías. Las tetas están censuradas, pero esto no. Si buscas en inglés, hay cientos de miles de referencias. Hicimos el experimento. Primero un mensaje de Instagram alerta de que el contenido que buscas está relacionado con «un comportamiento que puede causar daños e incluso llevar a la muerte». Un día después (cookies mediante) teníamos un correo de publicidad con las mejores cuchillas de afeitar del mercado.

Al año se realizan 42 millones de búsquedas en Google. Según el informe del equipo de Daniel Vega, el 91% de las webs hablan de la autolesión como un «mecanismo de afrontamiento», el 87% las califican como «adictivas y difíciles de parar» y el 24% las definen como un comportamiento «no siempre doloroso».

En 2015, cuando Zayn Malik, uno de los integrantes del grupo musical adolescente One Direction anunció su salida del grupo, cientos de fans compartieron en las redes fotos de sus autolesiones con el hashtag #Cut4Zayn (cortarse por Zayn).

Ana también subió una vez una foto de sus cicatrices en Instagram. «Esta soy yo, o me aceptas o te apartas», decía. Pero su storie no era una moda, ni la estupidez de una groupie. «Un chico sano se caga en todo con el primer corte, se muere de dolor y no sigue», advierte su madre. «Yo estoy segura de que Ana ni siquiera siente dolor. La autolesión no suicida esconde detrás un alma rota, un cerebro destrozado, una psique destrozada. Es un grito pidiendo ayuda».

Luis Parejo
www.elmundo.es

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