Padres adoptivos, hijos adoptados

Una familia siempre se compone de dos o más personas, pero no siempre se crea de la misma manera. Existen varios modos de constituir una, aunque en el imaginario colectivo la forma más obvia sea mediante la concepción de hijos. La adopción (que no tiene por qué ser siempre la segunda opción) se presenta como una alternativa a la concepción para todas aquellas personas que quieran ejercer su derecho a la maternidad y paternidad.

En España existen miles de mujeres, hombres y parejas que han creado sus propias familias por medio de la adopción, así lo indican los datos oficiales del Observatorio de la Infancia según los cuales 72.000 niños y niñas fueron adoptados entre 1996 y 2016. De hecho, entre 2004 y 2007, España fue el segundo país que más niños recibió del mundo (19.084), solo por detrás de Estados Unidos. No obstante, la cifra de adopciones ha decaído bastante durante la crisis, lo que sitúa a España en la cuarta posición en adopción internacional, por detrás de Estados Unidos, Francia e Italia.

En la actualidad, se adoptan alrededor de 250 niños de territorio nacional y 1.000 de otros países al año. El 80 % de estos niños tienen entre 0 y 6 años al ser adoptados, aunque solo en las adopciones nacionales la mayoría son menores de 1 año. Los niños que se adoptan fuera suelen provenir de Rusia, China, Vietnam y Etiopía. Sin embargo, no es un proceso fácil ni rápido; los tiempos de espera oscilan entre 1 y 10 años, dependiendo del país y del tipo de ofrecimiento que hace la familia (por ejemplo, será menor si se ofrece para adoptar a uno con alguna enfermedad o necesidades especiales).

Prejuicios y estereotipos

A pesar de que España es un país activo en lo que se refiere a la adopción, este concepto aún está sujeto a estereotipos y prejuicios, por ello siguen habiendo aspectos que afectan a la vida de los niños adoptados y a las familias adoptantes.

María Martín Titos, presidenta de AAPE (Asociación Adopción Punto de Encuentro), escritora y madre adoptiva, cuenta que «muchas veces sentimos las familias adoptivas que no somos como las demás, como si fuéramos familias de segunda. Empezando por la espera, es muy diferente el trato hacia una madre que espera a su hijo biológico que el de una madre que está inmersa en un proceso de adopción. Y esto sucede en muchos ámbitos, ya sea, por ejemplo, en el laboral, el familiar o el escolar».

Esto se debe a que la sociedad aún no ha asumido el hecho de que las familias con hijos adoptados son iguales que cualquier otra familia. Muchas personas aún siguen creyendo que «los padres y madres adoptivos lo son por un sentimiento altruista y solidario con la infancia vulnerada», afirma Íñigo Martínez de Mandojana, educador social especializado en adopción. «Son padres y madres a los que mueve la motivación de ejercer su parentalidad como la de otra cualquiera. Esta situación no difiere de la biológica porque tienen que pasar por las mismas etapas de vinculación pre-, peri- y postacogida, y por las mismas exigencias de llevar a cabo una parentalidad positiva que, aunque tiene un contenido altamente humanitario, es sobre todo familiar», nos explica. «No quieren que les veamos como superhéroes ni salvadores del mundo ni aspirantes al premio Nobel, necesitan ser reconocidos como padres y madres ejerciendo una crianza de alto nivel con niños y niñas dignos de ser bien tratados», añade Martínez de Mandojana.

La adopción es un acontecimiento feliz tanto para las familias como para los hijos e hijas, igual que dar a luz un hijo propio, pero muchas veces se obvia que parte de un hecho traumático: «Los niños en todos los casos han experimentado, como mínimo, el abandono, ya que para que un menor se pueda adoptar, previamente ha tenido que estar en desamparo, ya sea por abandono, negligencia, abusos, malos tratos, etc.», afirma Marga Muñiz Aguilar, psicóloga y especialista en adopción. No obstante, muchas veces se suele infravalorar este hecho. Tal como señala Íñigo Martínez de Mandojana, «uno de los pensamientos que aún sigue presente en la sociedad es que con amor todo se puede. Quizás para los Beatles sería suficiente, pero para estos niños y niñas no. Necesitan padres y madres con unas competencias parentales premium, así como unos profesionales sensibles, formados y disponibles, ya que aunque el amor va a ser un componente básico en todos los contextos en los que participen, sin seguridad, herramientas, contención y regulación es como intentar hacer un bizcocho sin levadura».

El niño en casa

Una vez que el hijo o la hija adoptado o adoptada llega a casa, hay que ser conscientes de que traen consigo experiencias que a veces desconocemos y de las que no hemos sido partícipes. Estas experiencias marcarán su actitud inicial hacia nosotros, ya que, como explica María Martín Titos, «los niños con historias difíciles no tienen integrado el sentido de valía personal y tampoco la confianza y la seguridad en el otro, por eso pondrán a prueba a los adultos una y otra vez para comprobar que de verdad son fiables». Esto es así porque, como resalta Martín Titos, estos niños «por experiencia saben que todas las personas que fueron importantes en su vida desaparecieron sin saber por qué, lo que significa que van a necesitar tiempo para que vuelvan a aprender a confiar».

Sin embargo, los miedos y las inseguridades no son algo que solo afecte a los niños, los padres y madres adoptivos también cargan con su propia mochila llena de miedos e inseguridades; y es que «en muchas ocasiones se empieza un proceso de adopción tras una larga y agotadora ronda de tratamientos de fertilidad que ha resultado infructuosa, y todos tenemos que pasar el duelo por el hijo biológico que no ha llegado», explica María Martín Titos.

Asimismo, la incertidumbre de comenzar una adopción que no se sabe lo que durará, ni siquiera cuál será el resultado, hará qe afloren muchos miedos. Durante todo el proceso «esta misma incertidumbre, lejos de disminuir, traerá nuevas dudas, como la de cómo será nuestro hijo o hija, su estado de salud, tanto física como mental, si estaremos preparados para ser buenos padres, etc.», nos cuenta Martín Titos.

Así pues, según la presidenta de AAPE «el principal objetivo que tiene que cumplir una familia cuando el niño ya está en casa es el de establecer un vínculo con él o ella», lo que no resulta fácil, ya que tanto la familia como el niño o niña deben superar sus miedos.

La escuela

A pesar de ello, «el proceso de adaptación en la mayoría de los casos es rápido y resulta gratificante para ambas partes», afirma Marga Muñiz Aguilar, aunque «en aquellos casos de menores muy dañados por sus experiencias previas a la adopción, la adaptación puede resultar lenta y complicada, entre otras razones porque la sociedad muchas veces no entiende las necesidades de esos menores». Y es que, para Muñiz Aguilar, «el sistema educativo es bastante rígido y no tiene en cuenta que los niños adoptados tal vez nunca han estado escolarizados en sus países de origen, que cuando llegan no hablan español, que se tienen que adaptar a olores, sabores y costumbres diferentes, y la escuela pretende que sigan el mismo ritmo que el resto de sus compañeros de clase, que aprendan a leer en el mismo tiempo que los demás, que estén cinco horas sentados, cuando tal vez antes nunca lo hayan estado».

Al respecto, María Martín Titos señala que, aunque es verdad que «aprenden muchas cosas muy rápido, son capaces de aprender incluso un nuevo idioma y en seis meses o un año lo hablan casi perfectamente, la verdad es que aprenden a hablar un lenguaje coloquial, les falta vocabulario, muchas palabras se les quedan vacías de significado, gran cantidad de frases y conceptos se les escapan porque han aprendido las cosas con prisas, y por eso se pierden en las explicaciones y no pueden entender muchos de los ejercicios y las lecturas que se practican en clase. Por eso, a medida que avanzan los cursos, se van quedando rezagados. Pierden la atención y los docentes se quejan de que están siempre distraídos, y lo están porque, cuando esto sucede, se desconectan. Es su modo de inhibirse. A este problema los psicólogos expertos lo denominan “déficit cognoscitivo acumulativo”».

Por tanto, «lo que se quiere transmitir a los equipos docentes es que así como entienden las dificultades que presenta un niño o una niña con ceguera, hipoacusia o un brazo roto, deberían ser sensibles a las discapacidades de aprendizaje y turbulencias emocionales derivadas del trauma», afirma Íñigo Martínez de Mandojana. Aunque el educador reconoce que «es cierto que hay que hacer un acto de fe cuando explicamos que el abandono en los primeros años de vida ha afectado a su hipocampo, que es uno de los responsables de la memoria tan presente en el día a día en el aula. Ya podemos invertir días y días en aprender las partes del aparato digestivo, que de golpe y plumazo se olvidan, porque trauma y escuela no maridan bien. Bidón de gasolina y cerilla. El trauma se activa y produce hipervigilancia, o evasión, o disregulación, o mil y una manifestaciones que les van a alejar del aprendizaje y de su ajuste al contexto escolar», aclara Martínez de Mandojana.

Adolescencia

Una fase clave en la vida de los niños adoptados es la adolescencia. Es la etapa en la que se presentan los problemas relacionados con la definición de la identidad y en la que se hacen más notorias las dificultades y deficiencias derivadas de su pasado.

Según Íñigo Martínez, estos niños «llegan a la adolescencia en una clara desventaja de desarrollo neurobiológico y “les toca” funcionar como si hubieran tenido un desarrollo normosaludable. Acceden a un tablero de juego para el que no están preparados a nivel madurativo, puesto que tienen un cuerpo de adolescente pero el desarrollo cognitivo, moral y emocional de un niño». No obstante, este puede ser «un período de esperanza y de luz. En la adolescencia hay una reorganización neurobiológica, lo que es una ventana de oportunidades para poder reparar el daño ocasionado en las primeras etapas de la vida, si somos capaces de favorecer las condiciones necesarias para que ocurra el milagro de la resiliencia», afirma.

Es cierto que el papel de la familia junto con la escuela son claves para el correcto desarrollo del niño o niña, no obstante no hay que olvidar que las estructuras sociales, el sistema y la sociedad en general juegan también un papel importante, especialmente en la adolescencia puesto que, como explica Marga Muñiz Aguilar, «en el caso de adopciones interraciales es en esta etapa cuando se ven obligados a enfrentarse al racismo y la xenofobia que existe en la sociedad, que a veces se presenta de forma muy sutil. Por ejemplo, un chico adoptado de otra raza se tendrá que enfrentar en alguna ocasión a que la policía le pida el DNI en la calle, sin motivo aparente, mientras que no lo hace con sus amigos blancos. Lo mismo ocurrirá en discotecas o centros de ocio. Con él o ella se practicará la política de la sospecha, mientras que sus amigos disfrutaran del llamado “privilegio blanco”, por el cual el hecho de ser blancos les concede ciertos privilegios, como que no se sospeche de ellos simplemente por el color de su piel».

Es en la adolescencia cuando los menores tienen que enfrentarse al racismo y la xenofobia que existe en la sociedad, en el caso de adopciones interraciales

A pesar de las complicaciones que supone adoptar y ser adoptado en el siglo XXI, «la adopción no es un problema, es una solución», como dice María Martín Titos, aunque como bien remarca Marga Muñiz Aguilar, «la adopción no significa, en sí misma, el fin de los problemas para aquellos niños y niñas que han vivido experiencias traumáticas, sino que esta es el principio del fin, la oportunidad de encontrar una familia que les ayude a superar esas experiencias». No obstante, no hay que olvidar que «adoptar es un acto egoísta, porque es cumplir el deseo de unos padres de formar una familia», concluye Martín Titos.

Khadija Ftah
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