No es un hijo biológico, y eso está bien

Cuando adoptamos un niño o niña, no solo le adoptamos a él porque él llega con su historia, sus vivencias, sus traumas, su ADN y su familia de origen integrada en él. No podemos separar el niño de su historia y de sus vivencias.

Un hijo adoptado no es ni mejor ni peor que un hijo biológico, pero es diferente. Es diferente ya que llega a la familia adoptiva con su maleta de lo vivido, que la mayoría de veces, puede haber sido difícil y traumático.

Como mínimo, lo que tenemos por seguro es que todos los hijos adoptivos han sido separados de sus madres biológicas por el motivo que sea. Quizás intervinieron servicios sociales, o los padres murieron, o no se podían hacer cargo, o fue robado… Puede haber muchos motivos, pero sea cual sea, el niño ha sido separado de sus padres y esto le generará un trauma de abandono.

Un menor que ha sido separado de su madre biológica vive la separación como una experiencia cercana a la muerte (esta ruptura vincular que, en muchos casos, se da mientras el bebé aun no puede diferenciar a la mamá de él mismo, es muy importante). Y este hecho afectará a su forma de vincularse con otras personas (sobre todo si ha tenido otras rupturas vinculares, por ejemplo, al pasar por diferentes familias de acogida o cuidadores en instituciones), a su autoestima, a su autorregulación emocional (pudiendo tener, por ejemplo, rabietas de mayor intensidad que en un menor no adoptado) y, sobre todo si es un menor institucionalizado, puede presentar mayores dificultades en la adquisición de hábitos alimenticios o del sueño.

A todo esto, se le pueden sumar otros sucesos potencialmente traumáticos como puede ser la negligencia, el maltrato físico y/o emocional, el abuso sexual, etc. Y también podrá afectar la separación total del entorno biológico.

Todos estos factores impactan en la vivencia de las personas adoptadas, así que es muy importante que las familias adoptantes estén familiarizadas con todos estos condicionantes y puedan criar al menor con paciencia, cariño y firmeza, entendiendo que el menor ha tenido que gestionar un duelo muy doloroso antes de tener las herramientas para poderlo hacer, y que, por ello, es normal que presente mucha sintomatología de miedo y estrés al llegar a la nueva familia.

Las personas que deciden adoptar, deben tener muy claro desde dónde lo hacen. Si deseaban tener hijos biológicos y, por infertilidad u otros motivos, no han podido tenerlos, deberán haber podido hacer el duelo correspondiente antes, sino, les será fácil caer en el error de poner unas expectativas que la persona adoptada nunca podrá cumplir. Es importante entender que hay diferencias significativas entre un hijo biológico y uno adoptado, sin que esto haga que uno tenga más valor que el otro. Hacer como que estas diferencias no existen, es decir, no darle valor al impacto de la separación con la madre biológica y el resto de experiencias que haya podido vivir a raíz de ello, solo nos dificultará la vinculación con el menor y su propia vivencia.

Si no somos conscientes de estas diferencias y, por tanto, no nos formamos, pedimos ayuda, y/o usamos las redes de apoyo social (hay grupos de apoyo a familias adoptivas en muchas comunidades), nos será difícil poder proporcionarle al menor un entorno donde sentirse seguro y nos faltaran herramientas para situaciones que pueden darse en el día a día. Démosle el valor que se merecen y esforcémonos en hacerlo lo mejor que podamos.

Carme Tuset Padró

Adoptada, licenciada en psicóloga, especializada en adopción y facilitadora de constelaciones
www.esh.cat

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