Robos, mentiras y trauma infantil

Me está atrapando el libro de Na´ama Yehuda “Comunicar el trauma. Criterios clínicos e intervenciones con niños traumatizados”, editado por Desclée de Brouwer. Esta autora, experta en habla y lenguaje, y también en trauma, pone el foco en el análisis del lenguaje del niño para desde ahí ampliarnos la visión y ofrecernos un rico y completo libro sobre las relaciones que existen entre lenguaje, desarrollo cognitivo, apego y experiencias tempranas, especialmente cuando estas han sido adversas o traumáticas.

Hay mucho que destacar de este libro, me lo estoy terminando, pero lo he leído con fruición, pues, aunque en algunos temas me ha resultado conocido, en otros muchos relacionados con el lenguaje, el aprendizaje y el desarrollo cognitivo (atención, memoria…) no había leído tanto. Me ha resultado particularmente interesante y atractivo el que la autora trabaje con niños muy traumatizados, incluyendo la población de personas menores de edad que residen en centros de acogida o familias acogedoras, población que para algunos autores de trauma no está tan representada en su práctica clínica. Na´ama Yehuda además habla de los niños y adolescentes desde un punto de vista científico, como cabe esperar de una obra así; pero también destila en sus páginas un compromiso y un afecto hacia estos chicos/as, tan olvidados y abandonados por el sistema en general. Cuando se habla de los niños y jóvenes a nivel de medios de comunicación, casi todo el mundo piensa en la clásica familia. Pero hay muchos tipos de familia. Y, además, hay muchos tipos de hogares, como los de acogida, que se esfuerzan en que estos niños no pierdan ese sentimiento familiarizante, donde los vínculos entre ellos se estrechan, así como con los educadores (cuando esto se aborda y se trabaja como un objetivo). En ocasiones, las personas menores de edad de los centros pueden tener relación o contacto con sus familias de origen; pero en otras muchas, por diversas causas, no es posible y crear un sentimiento de hogar y familia en estos chicos y chicas en su centro es muy importante (por no decir lo más importante) Pues bien, Na´ama Yehuda también incluye entre sus viñetas y descripciones clínicas a los niños y jóvenes de los centros y familias de acogida.

Uno de los temas que ella aborda y del que os quiero hablar hoy, es el que he escrito en el título del post: el de las mentiras. Es una de las cuestiones que junto con cualquier otra conducta que para los padres o referentes de la persona menor de edad posea una connotación moral y que pueda afectar a las relaciones interpersonales del chico o chica, más se consulta en terapia, o lo incluyen en el listado de comportamientos que se les hace más difícil de manejar. Las mentiras, junto con robar y la desobediencia en general y el no acatamiento de reglas y normas (a veces, acompañadas de una ausencia de reconocimiento por parte del niño o joven, es decir, una negación de la conducta testificada), suelen ser de lo que más preocupa a los padres o referentes. Lógicamente, puede generar, si no se supera, importantes problemas de inadaptación social a largo plazo.

Suele ser una conducta que presentan con alta frecuencia los niños y jóvenes (aunque no es exclusivo de ellos, ni mucho menos) que tienen una historia de trauma complejo, especialmente el trauma que implica una relación interpersonal en el cual la misma persona que te daña física o psicológicamente, o te abusa sexualmente, es la misma de la que dependes. Incluso esta persona te hace sentir que lo que estás viviendo no lo has vivido. Sabemos que las personas que viven el estrés continuado de los malos tratos tienen altas probabilidades de desarrollar un trauma complejo, donde sufres el peor de los daños: quien dice que te quiere, te daña. O como se decía en mis tiempos infantiles, una frase que yo detestaba (y que aún muchos adultos mantienen versiones actualizadas de la misma, pero igual de tóxicas para los niños): “quien bien te quiere te hará llorar” Normalmente, muchos de los malos tratos que viven los niños les sitúan en un escenario interpersonal donde no pueden luchar ni huir, ni de las agresiones físicas ni de las psicológicas. Recuerdo hace muchos años a un niño que me dijo, como un gran acto de triunfo, que logró empujar a su padre y que este se cayera contra una cristalera evitando así que agrediera a su madre y a él. Este triste relato de un doloroso suceso que no debería haber ocurrido en la vida de este niño (que tenga que agredir a su propio padre para salvarse y salvar a su madre del ataque físico de este) sucede pocas veces. La mayor parte de ellas, a los niños no les queda otra opción que alterar su conciencia, colapsar psicológicamente y disociarse. Cuando te disocias, no estás realmente en ese lugar, es como si los acontecimientos no pasaran y el tiempo se detuviera.

Na´ama Yehuda explica en el libro cómo cuando un niño sufre disociación no almacena la información ni la organiza en la memoria de una manera coherente y ordenada. Se almacena por fragmentos, y además el normal flujo de la conciencia que da sentido y coherencia al sentido del sí mismo a lo largo del tiempo, se altera severamente. Por ello, no es extraño que las personas con problemas o trastornos disociativos tengan dificultades de diferente magnitud en cuanto a situarse y situar los acontecimientos en el tiempo, con la memoria (para recordar -pueden sufrir amnesia-, organizar la información almacenada y recuperar dicha información) y con la atención. Esta disociación, si ha sido mantenida en el tiempo, va a influir decisivamente en el modo en el que los chicos y chicas percibirán en el futuro los sucesos y los hechos de la realidad.

Para entender la mentira (así le llamamos, pero yo creo que para describirla en los niños traumatizados deberíamos de inventar otra palabra, quizá ausencia, no lo sé, pero la palabra mentira no les hace justicia) en los niños que han sido víctimas de los traumas provocados por los malos tratos, el abuso, la negligencia (a menudo, estos tres, por desgracia, van unidos), que en su caso es una mentira cuyo origen hay que buscarlo en otro sitio (el niño no traumatizado miente para no asumir su responsabilidad y evitar las consecuencias; el niño traumatizado y con afectación disociativa, que complica las cosas aún más, no tiene claro si pasó en realidad, si ocurrió, si es mentira o no. Sé que suena difícil de creer, pero quienes lo hemos vivido trabajando con estos niños podemos dar fe de ello), nos ayudará hacer un repaso de lo que estos niños y jóvenes viven:

Como dice Na´ama, un papá le pega una torta fuerte a un niño, éste llora y dice con furia: “¡no me pegues!” El padre le responde: “¡No mientas, no te he pegado!” Cuando todavía le duele la cara, ¿se ha imaginado el niño que le ha pegado? ¿ha sido fingido, no iba de verdad? ¿Qué significa negar que algo ha sucedido? ¿Miente el niño? ¿Hace que no haya ocurrido?

Otro ejemplo: cuando el padre pegaba a la madre, el niño se iba con su mente a otro lugar (se disociaba). ¿Consiguió el niño que no pasara realmente?

Lo peor de todo esto es que el mecanismo disociativo claramente protector para el niño se cobra un precio importante. Así Na´ama Yehuda dice acertadamente: “La disociación (y su prima hermana, la amnesia) complica más la realidad incluso. […] La mentira ante evidencias flagrantes es la más indicativa de disociación”. Curiosamente, he de decir que los niños de los centros de menores, que clásicamente cargan con el sanbenito de mentir y robar, no lo suelen hacer tanto dentro y en lo que es para ellos. Fuera es posible “que se busquen la vida” Porque no quieren perjudicar lo que es para el bienestar de todos/as. Los que yo he conocido que han robado o mentido, presentaban disociación severa, que les hacía negar la evidencia como Pedro negó a Cristo. Esto suele alterar sobremanera a los adultos, que se sienten estafados y que encima les están tomando el pelo, lo cual les enfurece más. También los padres adoptivos y acogedores, si tienen hijos traumatizados y con disociación, suelen quedarse atónitos y no saben qué hacer. Porque estos niños y jóvenes desconciertan con sus reacciones. Algunos lo niegan con frialdad, otros en cambio, lo hacen enfurecidos y enfadados ellos de que se les acuse, aunque la evidencia sea clara, clara. Otro criterio que ayuda a verificar que puede ser disociativo es que el niño o joven suele presentarse con lo que roba delante de la persona, como si tal cosa: lo saca, lo comparte, o incluso se pone la ropa robada. Después, lo niega y a los ojos de los adultos, miente. Pero ese chico está bajo los efectos de una disociación traumática que nos deja perplejos, incluso a él mismo, pues a veces puede dudar.

La mentira y el robo pueden ser síntomas disociativos

Continúa Na´ama: “Hay que tener en cuenta la posibilidad de la amnesia en el caso de los niños que experimentan estrés crónico o tienen antecedentes traumáticos, porque las emociones abrumadoras, combinadas con la impotencia, a menudo abocan a la disociación. Escapar al interior de su mente o fuera de su cuerpo puede ser la única salida de que dispone el niño. Sin embargo, hace que los eventos estén menos accesibles para ser recuperados o que parezcan menos reales e incluso como si nunca hubiesen ocurrido. Es posible que los niños no recuerden haber hecho aquello de lo que se les acusa, pareciendo que mienten cuando no es así».

«Pero esto ya pasó, ahora estamos aquí y sí sabe lo que hace, sí lo recuerda, lo que pasa es que es un jetas»- dicen los padres o referentes

No lo tengamos tan claro. No. Na´ama Yehuda explica muy bien en su libro que cuando un niño ha padecido traumas y presenta una disociación defensiva (su conciencia está escindida) la manera en la que se procesan, como ya hemos explicado, los eventos sobrecargantes para la mente es fragmentadamente, como si se grabara en su mente una película de los hechos (la memoria declarativa) y la implícita (sensaciones y emociones) de manera partida, como una película a trozos. Pues bien. Esto no pasa y ya está, luego el niño puede procesar bien la nueva información. La información nueva entrante se organiza y estructura comparando y organizándola en relación a la información previa en la memoria. Cuando se recupera la información de la memoria, si esta está afectada por la disociación, se recupera de un modo fragmentado también, con lo cual el procesamiento de lo que ocurre ahora será selectivo y partido. El niño, además, suele estar cuando miente o emite una conducta disociativa, bajo los efectos de la hiperactivación o la hipoactivación de su sistema nervioso, con lo cual el aprendizaje de la experiencia (lo que le dicen los adultos: «no mientas por esto y por esto») no es procesado -el niño no está dentro de la ventana de tolerancia a las emociones dentro de la cual el nivel de activación es óptimo y por lo tanto, compatible con el uso del pensamiento- y no se produce un nuevo aprendizaje: el chico/a opera con el viejo y dañado programa. Además, al estar bajo los efectos del gatillador de la mentira, la noción del tiempo y qué información selecciona el niño suelen estar sesgadas, con lo cual este puede estar perfectamente sintiendo que se le acusa de algo que para él no ha ocurrido.

Además, para más agravamiento y para su desgracia, los niños sufren una serie de afectaciones, como consecuencia del trauma, en cómo procesan a nivel lingüístico y cognitivo. Así Na´ma Yehuda nos dice que “ciertas áreas del vocabulario de los niños traumatizados se ven especialmente afectadas”. También nos dice que la secuencialidad y la causa-efecto son afectadas por el trauma: “suele ser difícil para los niños traumatizados, ya que incluye la identificación del modo en que una cosa lleva a la otra, así como la explicación de la cadena -que el trauma a menudo interrumpe- de eventos-aspectos de la realidad. Los niños traumatizados experimentan dificultades para predecir el final de una historia o las consecuencias de sus acciones o las de otras personas. Puede ofrecer explicaciones muy particulares e inesperadas de los acontecimientos o predicciones de lo que sucederá a continuación”. Finalmente, los niños traumatizados, como ya hemos dicho, tienen problemas con el tiempo. Dice Na´ama: “Si el niño se pierde partes de los eventos porque está fuera de control o se muestra hipervigilante, es difícil que entienda el orden de las cosas. No sólo porque la disociación interrumpe la percepción del “durante” y el “después” sino que los propios recordatorios del trauma hacen que parezca que el trauma se repite”. […] El tiempo del trauma no se mueve en una sola dirección […] las cosas de antes se superponen a las de ahora, haciendo que la temporalidad sea confusa.”

Por todo ello, para los padres que tienen niños que mienten, es muy importante que se pregunten si esto puede ser síntoma de disociación. Porque la manera de entender esto y el cambio de mirada sobre la persona menor de edad, es muy importante. De igual modo, la posición en la que los padres se van a situar es otra: de la rabia que sienten y de ahí a cargar contra el chico, recriminarle, ponerle consecuencias y cuando ya nada funcione, ignorarle y dejarle por imposible, a comprender que no es una cuestión de conducta ni de índole moral sino un síntoma, la punta de un iceberg de un problema psicológico de origen traumático donde se asoma también, la disociación. Un síntoma que refleja el sufrimiento de un menor y que pone encima de la mesa el daño que sufrió por parte de otros adultos que supuestamente, debían de quererle y protegerle. Un síntoma que nos cuesta mucho más (no sólo a los padres, también a los profesionales que desconozcan esto, como me pasó a mi al principio, que tratamos de abordar con técnicas de modificación de conducta clásicas, que no funcionaban) aceptar y por eso no le brindamos al chico o chica la ayuda que necesita. Cuando el síntoma refleja ansiedad, depresión… nos ponemos más fácilmente al lado del niño o joven. Pero cuando conlleva este tipo de conductas como mentir, nos resulta muy difícil ponernos en actitud de apoyo porque lo sentimos como una agresión o una falta de límites en relación a la convivencia en el mutuo respeto por parte de la persona menor de edad.

Por lo tanto, un chico o chica con esta sintomatología, con mentiras recurrentes -que vendrán acompañadas de otros síntomas- debe de recibir ayuda profesional cuanto antes, y si ha vivido acontecimientos como malos tratos, abandono, negligencia, desarraigo u otro tipo de sucesos que han podido generar un trauma complejo con disociación, debe valorarse esta posibilidad. La ayuda debe ser especializada y proporcionada para el menor de edad y los padres o referentes de este. La actitud de los padres debe ser empática, comprensiva (ayudar al niño a comprender lo que le ocurre) firme y segura (pero sin descontrol emocional), con consecuencias y a la vez de aceptación de su persona. Esto es muy complicado porque las alteraciones de los niños con trauma complejo y disociación no tienen una solución rápida, sino que requieren de un proceso terapéutico largo, por lo que los padres para no perder la actitud terapéutica, quemarse y desesperarse, han de estar -y merecen- ser apoyados y orientados en espacio propio de terapia. Por su parte, el niño o joven trabajará la disociación (y otros problemas) con un terapeuta experto en este ámbito, sabiendo que es una defensa (tiene su por qué) que hay que abordar con cautela y que precisa de un programa de trabajo desde un modelo integral, sistémico, como el que enseñamos en la Traumaterapia de Barudy y Dantagnan, donde evaluamos y tratamos al niño comprensivamente desde los dominios de apego – trauma (disociación) – desarrollo – mentalización.

José Luis Gonzalo Marrodán
http://www.buenostratos.com

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